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Corazón revestido, vestigios de niñez

Erase en aquellos tiempos donde yo te veía feliz. Tenías una sonrisa oculta pero divina. Hoy ya no la tienes. Corrías sin cuidados y sin peligros a lo que pasara en la calle. Eras un niño sin preocupaciones ni quejas. El mundo te sentaba bien, y la locura no parecía conocerte. Tus miedos, tus terrores, todo lo malo, se escondía después de una simple cuenta a ojos cerrados o en un hermoso abrazo maternal. Si no te cerraban los cálculos matemáticos no era motivo de angustia, y mucho menos rondaba por tu cabeza el maldito progresismo exigente, carente de amor y lleno de tibieza. Nada era “por quien” o “para quien”, sino “por qué”. Todo se basaba en aquel cuero que giraba mientras el asfalto se lo comía, pero que siempre te hacia festejar. Sin embargo, ese cuero y ese asfalto se convirtieron en una analogía para tu vida, que rodó de manera inesperada para el otro lado, y todo se consumió.

En un instante tuviste que aprender que la carita llena de barro ya no iba más, que había que sacar cualquier máscara, poner la cara y salir a luchar. Abriste los ojos para ver que había un más allá que nunca comprenderías, que de hoy para mañana, quizá, en esas escondidas, nunca más lo volverías a encontrar.

No sabías como expresar la situación. Recuerdo ese día como si fuese ayer: la llovizna era el llanto de la bondad. Había seguido tus pasos siempre al costado, ni atrás ni adelante. Solía caminar junto a vos y ser tu sombra. Conocía las promesas incumplidas que habías escuchado y que iban marcando tu historia. No debías hablarme para que pueda entenderte porque tus ojos, llenos de pureza, demostraban tu sentir y pensar. Ese día fue especial y sin decidir nada, cambiaste dejándome apartado y llenándote de soledad.

Estuve años alejado de ti. Le habías puesto frivolidad a tu corazón. Fue una etapa donde te miraba desde lejos y trataba de comprender porque habías rechazado mi compañía, si sería yo quien nunca te abandonaría. Tenía que aceptarte, porque de eso se trata cuando se quiere, aunque duela. Solo te deseaba lo mejor.
Te fuiste transformando en un adulto, inyectándole austeridad a tu andar. Tan solo vestigios quedaban de aquel niño tan sentimental y retrotraído. Levantaste la cabeza parar mirar al mundo y te pusiste a llorar. Le pusiste un caparazón rígido a tu corazón. Querías maquillar tu esencia, sin darte cuenta que no hay posibilidad de tapar a quien se es en verdad.

La vida te seguía poniendo a prueba y había que seguir eligiendo. Empezaste a comunicarte con las letras y a sentir que tu camino no tenía ni derecha ni izquierda. Así, sin saberlo, y después de que el río revuelto se calmara, enfocaste tu mirada en el otro. Ya habías secado la sed de egoísmo o quizás los primeros dolores te hicieron movilizar. Hiciste revisionismo histórico de tu vida para devolver aquello que antiguamente no habías podido percibir. Sin embargo, dentro de esos móviles egoístas de ser humano que tuviste, dejaste otro corazón sin latir. Lo revalorizaste, le sacaste esa revestidura impuesta por si sola de baja autoestima. Pero entre tanto pensar, te olvidaste de acompañar y en un suspiro trocaste política por amor.

Hoy vuelvo a verte, tratando de ser tu compinche una vez más. El vástago de las 22 horas sigue siendo tu marca fiel. No puedes ocultar que parte de tu corazón se fue. El tren del olvido partió y no llegaste a horario a la estación. Tu austeridad se ha acrecentado, mientras que tu fe a disminuido. Te has vuelto un loco del pensar y por eso no caminas con felicidad. Ya no crees en el sol, en la perfección, en las sonrisas sin control. No te quedó más remedio que desconfiar. Sin embargo, toco tu piel y sé que en el fondo no existe esa rocosidad. Sé que estás allí. Con mi inquebrantable paciencia, espero que regreses pronto, porque entre tanto y tanto, no elegís a donde definir. Y te he visto mutando por lugares no correspondidos y sé que ya no quieres más.

Sumar, restar, dividir o multiplicar, no te deja dormir en paz. Todas las sensaciones al final terminando siendo igual porque tienes que salir a remar. Mientras el tiempo pasa, piensas ser un sabio en el amor y buscas una lugar donde posar definitivamente tu corazón, pero te olvidaste de esa vieja enseñanza en la cual tú me explicaste que hay que saber diferenciar: no se debe solo enamorar porque en el verdadero sentimiento se trata de amar.
Ha llegado el momento donde debes salir del pozo ciego. La ciencia te empieza a ayudar, aunque también necesita de ti. Olvídate de esa cobertura, olvídate de pensar. Vuelve a volar, a mezclar tu amor ¡vuelve a soñar que aún tienes mucho por andar! Ese cliché de pos-modernidad ya no te va más. No te dejes engañar por el capitalismo y regresa a tu realidad. No temas a la soledad porque nunca te voy a soltar. Arriesga que ganarás, y si pierdes ya habrá otra oportunidad. Revuelve que en esos pocos vestigios de niñez te puedes volver a encontrar. No esperes más y vuelve a jugar que así llegarás a tu lugar. De allí ya no te irás porque reconocerás la felicidad.

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