Una noche compañera

Empezó a sonar “Un ángel para tu soledad” y fuiste a subir el volumen. —Vamos a bailar —, me dijiste, y te contesté que no existía alguien más patadura que yo para moverse. Te reíste, te acercaste y me agarraste de las manos —yo te enseño, ñoño, relaja —, retrucaste segura. A esa hora del viernes ya habíamos terminado el primer tubo de vino, en medio de tus argumentos del porqué querías más a evita que a Perón, mientras yo bancaba que no podía querer más a uno que otro porque no podía sentirlos sin el todo.
Eran las 12.30 de la noche y descorchaste la segunda botella de un cabernet que habías elegido a la tarde especialmente para la larga charla que el peronismo nos prometía. Te escuchaba apasionarte cuando hablabas que la militancia era más un latido fuerte del corazón porque se trataba de poner el pecho en pos de una solidaridad que haga al mundo más equitativo, que sentarse a escribir teoría -pese a que te encantaba también esa parte formativa-. Armaste un porro y lo fumamos mientras flasheábamos peronizar al mundo con la doctrina justicialista que era al final nuestro acuerdo más certero de la vida.
Así transcurrimos más de una hora, hasta que el baile otra vez fue protagonista con una canción de callejeros. Entre mis malos pasos, tu sonrisa que a mi me fascinaba, y tu maldad para cargarme por pifiarle a lo que me enseñabas, terminamos tirados sobre el sofá beige, con nuestras caras iluminadas solamente por la luz tenue del velador, con el cuadro de Néstor y Cristina de fondo. Caímos rendidos y nos tentamos con un chiste que hiciste de Los Simpsons.
Dos de la mañana y ya no había más vino. Nos miramos y sin decir palabras entendimos que era el momento exacto para terminar lo que buscábamos: un minutos después tus piernas cruzaban por encima mío con la firmeza del río sobre el horizonte, mientras tus besos recorrían cada centímetro de mis labios y los míos seguían camino hasta recorrer tu cuello de lado a lado. Océano formado por esas ganas contenidas. Nos besamos unos minutos tan apasionados como tu mirada sobre la militancia y mi amor por la teoría. Nos besamos tanto sin pensar cuanto más nos podíamos gustar mañana. Fuiste sacando una por una las prendas de mi ropa, al unísono de mis manos recorriendo tus muslos y afirmándose contra tu cintura. Te fui desnudando para que nada se interponga en el sentir tan melifluo de la piel rozando con otra piel ajena deseada. Te sentaste arriba mío, me tomaste la cara, sonreíste de nuevo y me besaste. Me susurraste cuantas más cosas querías que hagamos, para cerrar con el clamor de nuestras banderas “para una peronista no hay nada mejor que un peronista”. Te acosté, repose mi torso sobre el tuyo, te acaricié el pelo y mirando tus ojos de noche libre y despejada, te contesté que me encantaba disfrutar las madrugadas entre tu cuerpo y el compañerismo.
Acabamos juntos bajo el techo que encendía fuego por las quemaduras de la luna, sin prometernos ni jurarnos nada. Disfrutar la sencillez de pequeños espacios de felicidad en medio de la lucha constante era el camino: de seguro el peronismo nos iba a seguir juntando en otras noches de cariño silencioso, de sexo y de vino.

Microrrelatos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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