El vitti

El vitti tenía los mejores choripanes que uno podía comer. Con su parrilla portátil en una esquina, vendía a todos los camioneros que estaban de paso. Aquel morocho de pelo canoso y unos cuarenta y tantos, ya marcado por las arrugas del tiempo y de la exposición al sol, juntaba gente a charlar todos los mediodías con cerveza o con gaseosas en las manos. La fecha, los resultados, los mejores goles, todo se discutía los lunes cerca de la una de la tarde mientras las brasas crujían. Miércoles, jueves y viernes eran de Libertadores.
Su apodo se lo había puesto un amigo, un fanático de Central, uno de esos que andaba con la pilcha canalla para todos lados. El vitti nada tenía de parecido físico con aquel mediapunta delantero surgido de la academia rosarina -él era más alto y más morrudo que aquel pibe que aparecía en las canchas por primera vez a los 19 años-, pero talento le sobraba en las piernas.
El fútbol era una de sus pasiones, y en una de esas tardes de domingo en el potrero, enganchó frente a un defensor de izquierda a derecha para adentro, hizo un regate hacia afuera desacomodando la cadera de aquel lungo bruto con la camiseta verdinegra de Defensores del Chacho que siempre ponían abajo, y pinchó la pelota por arriba del arquero con la zurda entrando suavemente junto al segundo palo. El laucha, su amigo con un incuestionable aire al fatura Broun -aunque nadie le decía fatura-, instantáneamente se acordó de aquel gol en el Nuevo Gasómetro de Pablo, el famoso Vitti.
Cada vez que algún jugador metía un gol picándola, la historia volvía a tomar fuerza en la parrilla pero cobrando mayores dimensiones mitológicas. Primero aquel partido había sido en un clásico contra otros tipos del barrio que había pica hace años, después tenía el condimento de haberse disputado con un asado como apuesta mediante, más goles por encima del arquero y ya se habían sumado dos cajones de cerveza al desafío, y dentro de poco pasaría a ser en una final de Champions League en el Bernabéu que nadie recordaba. El gol había sido maravilloso, tan excepcional que los pibes que estaban sentados afuera mirando el partido salieron corriendo a abrazarlo, y los borrachos del costado se miraban atónitos de aquella belleza, de esa obra de arte.
El vitti, tipo que podría haber jugado al fútbol profesionalmente si así lo hubiese deseado, tenía un carisma que lo hacía un gran vendedor. Nadie había pasado por la parrilla una sola vez. El regreso era número puesto y no solamente por la calidad de los choripanes. El vitti te daba los choris envuelto en dos servilletas y te los metía en una bolsa si tenías que irte. Paso siguiente te preguntaba el nombre. No se le escapaba una persona sin saber como se llamaba, y lo más probable es que los retuviera al menos durante un tiempo. Él había puesto en práctica la máxima de un libro de esos best seller, uno para influir sobre las personas: “recuerde que para cada persona, su nombre es el sonido más dulce e importante en cualquier idioma”. Él, pícaro de la calle, nunca había tocado una de esas hojas amarillentas, pero aprendiz de atender a las miradas y los gestos elocuentes de los otros, entendió que saber nombres era darle identidad a cada persona, y que esa identidad los hacía sentir únicos e importantes. El vitti tenía un talento y no era solamente llevar la pelota atada al pie derecho. Había aprendido a manejar también lo maravilloso de otro juego: las relaciones entre sujetos.

Microrrelatos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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