La chica de sal

La conocí camino a ese magnífico salar. Ella subió a la misma camioneta después de regatear unos pesos más a la chola. Me sonrió y me dijo «¿sos argentino, no?». «Tanto como vos», le respondí. Un par de fotos en los espejos de agua, algunas en solitario y otras acompañados a pura sonrisa, nos dejó la recorrida hasta arreglar la cena después de ver embellecer nuestros ojos en el atardecer de Uyuni. Comimos en el restaurante que arriba tenía un hostel, frente a la estación: un poco de pescado, arroz, y una cerveza. Después de un par de horas de risas, ella infiltrada era parte de mi cama.
Viajaba hace dos meses desde Tierra del Fuego. Yo había arrancado hace un mes desde Tucumán. Ella y su mochila, cargada con los sueños de borrar huellas pasadas, sus ganas de olvidar lo que la sofocaba en Villa Urquiza. Yo y mi no se qué de siempre, ni siquiera para saber qué hacía ahí. «¿Hasta dónde vas?», le pregunté. «Hasta donde las ganas me den», me contestó liberada de presiones. Subimos juntos a La Paz porque Oruro no nos interesaba. Decidimos quedarnos solo dos días entre esas pequeñas calles empinadas. Preferimos elegir Copacabana para mirar el mundo a nuestros pies desde el Cerro el Calvario. Me sacó tantas fotos como pudo para reírse de mi cara asustada por la altura. Y a mí el vértigo de verla sentada tan al filo me hacía sudar hasta la espalda.
Ella y su sombrero cubano, paisaje redundante desde que la conocí en aquella Jeep negra. Su auriculares y Cerati en el oído: “tal vez parece que me pierdo en el camino, pero me guía la intuición”. Ella y todas sus manías: su ropa doblada en rollos, su fruta de todas las mañanas. Esa chica de Villa Urquiza que quería soltar tantas cosas pero que algunas marcas se veían. «Me voy para Cusco, quiero llegar al Machu Picchu», me comentó mientras el Pejerrey con salsa de ajo era nuestro último bocado juntos mirando el Titicaca. «Yo me quedo en Puno», le comenté, y rápidamente entendimos que todo había sido efímero. «Tal vez nos encontremos más arriba, o nos podemos ver a la vuelta», me dijo para aflojar la situación. Los dos nos habíamos copado de encontrar compañía cuando el objetivo no cerraba más que en soledad.
Esa noche destapamos un par de cervezas en la arena, sentados ante una luna brillante e impetuosa. Nos contamos un poco más de nuestras vidas: ella había sido un par de años administrativa atendiendo quejas. Yo me había cansado de la seriedad y el estudio. Nos acostamos frente a aquellos dos gigantes viejos guerreros de piedra. Nos besamos frente a la calma silenciosa del agua que solo susurraba cuando chocaba contra los patos de madera amarrados. «Gracias por este hermoso rato», le dije encantando. «Nos vamos a volver a ver, te lo aseguro», me respondió. Pero de seguridades sabía que no vivía. Dormimos en una cama de dos plazas con el ventanal abierto, para que esa dichosa luna nos iluminará esa última madrugada. A las ocho de la mañana nos tomamos el micro: yo bajé en Puno, y ella siguió unas horas más hasta Cusco.

Microrrelatos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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