El ruso

Todavía me acuerdo del ruso y me saca una mueca de alegría. Recuerdo su metro noventa de altura, su barba tupida, su piel tan blanca que se enrojecía fácil. Un tipo que me hacía reír tanto cuando hablaba el español entrecortado, medio pausado. Él se daba cuenta a veces y terminaba con un “sos un pelotudo”, y yo no podía contener las carcajadas. Escucharlo insultar era una satisfacción personal.
El ruso era un paracaidista. Estaba en Argentina de casualidad. Había estado por todas partes del mundo. En el final del siglo XX, había estado en Chechenia con el ejército para dar presente en la guerra de su país natal. No duró tanto. Estuvo un par de meses y lo mandaron de vuelta a Moscú. Tenía unas cuantas cicatrices en las piernas que las mostraba cuando alguien no le creía. Era callado hasta que entraba en confianza y te contaba anécdotas hasta las seis de la mañana.
Lo conocí de rebote. Un amigo de un amigo me mandó a buscarlo. El tipo tenía las mejores flores. —Anda a lo del ruso que te vende algo y de paso, si le caes bien, te invita a fumar uno, y se cuelga contándote de Rusia —, me dijo mi contacto. Dicho y hecho. El ruso era así. De tanto viajar se había vuelto un loco muy fraterno. Y yo que siempre daba vueltas, no podía imaginar algo mejor que escuchar a ese muchacho que había dormido en terminales de ómnibus, sin carpa en los pies de un río, o en la casa de alguien que había conocido y le permitió quedarse una noche cuando estaba a la deriva.
Después de unas semanas de haber ido a comprarle, habíamos formado una amistad. El ruso vivía con un austríaco que también andaba girando. De Austria no sabía un carajo, el otro hablaba poco o no estaba. Creo que ni el ruso tenía idea de Austria. A veces llegaba y nosotros estábamos fumando, mientras las anécdotas iban y venían. Lo escuchaba al ruso y solo atinaba a decirle —¿de nuevo esa historia, ruso? —. Y yo me reía porque entre ellos tampoco se decían por el nombre: eran el ruso y el austriaco.
Estaba en Buenos Aires hace un par de meses, y aunque le agradaba, en un tiempo se iba. Decía siempre que de todos los sitios donde había estado, Argentina era el que mejor le caía. En Colombia había sufrido el calor, en Australia lo mismo. En Perú había estado poco, pero aprovechó para tomar pisco. No había ido al Machu Picchu. Yo le trataba de explicar que eso no tenía mucho sentido. Pero el ruso no lo tenía como cuenta pendiente. Había estado en Turquía, en Ucrania, en Portugal, hasta llegar a suelo latinoamericano. No recuerdo cuántos más países había nombrado. —Ruso, sos un trotamundos, quedate un poco quieto —, le decía para joderlo un rato.
Sin embargo el ruso no podía quedarse. Ya había disfrutado del asado, del fernet que había tragado con un disgusto enorme, de los rocanroles que le mostraban los amigos que iba haciendo. Ya estaba cerca del suelo y el paracaídas tenía que volver a retomar vuelo. Ir a otro lugar. Quizás era momento de volver a Asia, donde había estado unos cuantos años. El invierno de 2004 lo había encontrado tirado en una calle de Bagdad. El ruso se reía de no acordarse bien porque había llegado hasta esa situación. Gozaba esos lapsos donde la memoria se le ponía borrosa y él no lograba conectar las partes para entender sus propios pasos. Estaba, simplemente estaba.
Fumábamos tantas noches que ya la rutina eran esas conversaciones hasta altas horas de la madrugada. —Ruso, otra vez son las cinco de la mañana, me tengo que ir a dormir. Después llego al laburo y soy un zombie —, le decía cuando lograba rescatarme que las agujas del reloj me jugaban una mala pasada. Pero también era parte de la costumbre: los tres meses que compartí con él, se convirtieron en llegadas tardes a todos lados. Al ruso siempre le quedaba una historia más para contar o tenía alguna pregunta para estirarte la lengua. Algunas veces se sumaba el austríaco y lo escuchábamos contar de Viena, del Río Danubio atravesando parte de Europa, que extrañaba a la familia. El austriaco fumaba y se ponía nostálgico con los recuerdos. Nosotros le prestábamos atención hasta que el ruso se mandaba alguna y ya volvíamos a las risas.
La última noche que lo vi, lo acompañé hasta aeroparque. Se iba a tomar un vuelo a Salta porque iba a pasar de nuevo por algunos lugares del norte antes de irse definitivamente del país. También le habían quedado buenos momentos de Cafayate -donde se volvió un compadre del vino-. Antes de subirse al avión prendió el último que compartimos: —no te olvides del austriaco, tiene más meses acá el boludo—, me dijo. Le di la mano para despedirlo. Me esquivó y me dio un abrazo: —nos vemos pronto, amigo —, soltó el ruso en un castellano más fluido. Al final de su estadía se había vuelto un poco más argentino.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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