Risotto y vino

El risotto en pequeños platos de telgopor. Cada persona iba hasta la cocina, buscaba el suyo y volvía al salón principal. Algunos compañeros estaban sentados en el suelo, otros parados alrededor de la enorme mesa de madera. La noche fría entraba en calor entre el arroz que quemaba y todo lo que el vino agregaba a ese buen momento de compromiso.
El vino -tinto como ha de ser- flotaba de mano a mano. Algunos tomaban en vaso, mientras otros lo hacían del pico de la botella. Cerca mío, que estaba sentado en el piso porque no quería comer parado, una compañera socialista charlaba con otro compañero de algún otro espacio:
—Que bueno está esto. Y el vino es la combinación perfecta—, le dijo.
—Con este frío era necesario si o si acompañar la comida con el vino—, le respondió el compañero al compás de las risas, y entre el barullo de todas las otras voces.
La charla transcurría de forma agradable. Un tercer compañero se integró a la ronda, llegando con su plato medio vacío en la mano derecha, y con la izquierda moviendo los dedos hacia su propio cuerpo, pidiendo el vino «Es peronista, es peronista, por eso es tan agradable el vino», dijo ingresando a la charla.
Yo miraba atento la situación y pensaba sobre la militancia. Historia viva y representativa de Argentina. Esas juntadas con tantos compañeros y compañeras en unidades básicas, centros culturales o locales a medio pintar, para diseñar y preparar actividades, para lanzar estratégicamente lo teórico a lo práctico. Una noche como estas había sucedido años atrás: 15, 30, 45 años después, seguíamos manteniendo vivo el legado. El pueblo y sus rincones intactos.
—Qué sería de nosotros sin el peronismo—, dije, mientras ponía toda mi fuerza en las piernas para poder levantarme. —Es una tradición. Vengamos de donde vengamos, si estamos en el campo popular, somos peronistas—, agregué agarrando el vino que el compañero de la campera gris me alcanzaba.
—Acá sos peronista o sos antiperonista, no hay tantas vueltas. Podemos discutir mil cosas de las formas, de la mugre, de lo que quieran, pero estás de un lado o estás del otro—, exclamó uno de los compañeros de la ronda que me miraba fijamente.
—Lo importante muchas veces es lo práctico en el campo político. Decir se pueden decir muchas cosas, todas muy lindas, teorizar sobre la desigualdad pero no hacer nada no sirve. Cuando se ven las cuentas, el peronismo es el que nos salda todas las deudas—, dijo la compañera socialista, que no era peronista, pero que aceptaba que los mejores momentos para el pueblo habían sido bajo gobiernos peronistas.
La escuchaba atentamente mientras seguía girando por la escena con mi mirada. «También hay que saber limpiar a los que no suman», le oí decir. Tenía razón, pensaba por dentro. Pero lo más importante era la unidad y eso todos y todas lo sabíamos. Por eso había compañeros y compañeras de varios espacios: más progresistas, más socialistas, más peronistas, pero se había formado un gran conglomerado de fuerzas que buscaba derrotar al único enemigo: la derecha neoliberal.
‘¿El enemigo?’, pensé. ‘Si, definitivamente el enemigo. En la política existen. Enemistad que no tiene que ser saldada a través de la violencia, pero enemigo al fin’. Seguía mirando y encerraba mis pensamientos en toda la parafernalia extraordinaria que se producía en estos espacios. Carteles pegados por las paredes, tapando revoques, ocultando el paso de los años en las paredes. Afiches y pintadas: “los días más felices fueron, son y serán peronistas”, decía con aerosol negro aquella pared blanca, avivando una de las premisas más repetidas en Argentina. «Les vamos a ganar, tenemos la potencia de nuestra narración histórica que está marcada por defender a los más humildes», se escuchaba en la ronda.
—Che, pasame el vino que me estoy quemando con el risotto—, le dije a la otra compañera que se había sumado a la charla. El arroz estaba delicioso. No solamente había buenas condiciones para la parte política, también había buenos cocineros. «Lo mejor que nos puede pasar es que haya más vinos guardados en algún rincón de esta básica>, me respondió mientras me compartía la botella. «Tenemos que salir a marcar la cancha. Las calles nos esperan, así que la ecuación tiene que ser al revés: que no haya más vino porque nos quedamos acá adentro cantando la marcha», le dije sonriendo.
En la otra esquina del salón, algunos compañeros enrollaban los afiches para dejar todo preparado. Otros estaban revolviendo el engrudo solamente para repetir un movimiento y no quedarse quietos. Había ansiedad. Lo habíamos hecho tantas veces. Sin embargo, cada vez que volvíamos nos generaba otra vez ansiedad. ‘La pasión de la militancia es así’, pensé. Lo sentíamos en cada instante, en cada actividad, en cada charla. La sangre volvía a correr aún con más fuerza cuando además del trabajo diario, sentíamos que la victoria era posible, cuando la unidad de todo el frente se hacía palpable y el arco político opositor le hacía sudar los pies a las fuerzas del marketing y la bigdata. «Che ¡qué campaña hacen siempre estos por las redes eh! Abro para ver un video cualquiera y salta la heidi con la sonrisa falsa. Entro al juego ese de las palabras y en la publicidad, otra vez están hechos. La guita que gastan», dijo el compañero de gris quejándose de tener que verlos a cada segundo del día. «Les vamos a ganar en las calles», le respondió la compañera socialista con absoluta confianza.
Que difícil era saberlo en definitiva. Podíamos ganarle en las calles, tal vez, pero no podíamos olvidarnos que la cultura se había diseminado por otros lugares, y que la construcción de identidades también se generaba fuertemente en las redes sociales. «Si descuidamos ahí estamos al horno», agregué. No teníamos permitido una nueva pifia. Mucha gente no tenía para comer, había vuelto a la pobreza o a la indigencia, y la clase media cada vez se veía más destruida. No teníamos permitido una nueva pifia. No podíamos descuidar ningún frente. «Hay que estar en todos lados. Si quieren marketing, también tenemos que responder en el marketing. Tenemos la ventaja de la política, algo que ellos detestan, pero también vamos a competirle donde mejor lo hacen», dije entonado y con las ganas de que la victoria sea aplastante. «Mucha bigdata, peronismo y no se qué, pero lo mejor que tenemos es el risotto. Un aplauso para el cocinero, che», dijo elevando el tono de voz mi compañero. «Vamos compañero, vamos vamos», mientras aplaudimos todos juntos.
El reloj ya marcaba cerca de las 23:00. Teníamos que empezar a definir los esquemas para salir a la calle. Era jueves y al otro día todos y todas debíamos ir a trabajar al otro día. La militancia no conocía muchas veces de horarios, pero si de responsabilidades, de convicciones, de dejar el cuerpo para las victorias colectivas. ‘El peronismo es todo lo que está bien’, me repetía en la cabeza. Cómo no iba a serlo si sacaba a millones de personas de la pobreza, si generaba amor entre los más humildes y el odio de las minorías más pudientes. Los dueños de los grandes campos, los empresarios multimillonarios, los dueños de los grandes medios, los intelectuales de academias ortodoxas y conservadoras, todos esos odiaban al peronismo. ‘Cómo no va a ser lo mejor que nos pasó Juan Domingo y Evita, Néstor y Cristina’, pensaba una y otra vez.
La compañera del socialismo rompió la ronda yendo hacia el patio: «voy a buscar al resto de los compañeros y las compañeras y empezamos», nos dijo. Pasó por la cocina, paso por el otro salón que tenía el local, llegó al patio y trajo a todos y a todas.
—Compañeros, compañeras, vamos a definir como salimos así largamos de una vez por todas. Salimos en grupos de seis o siete personas y nos repartimos las zonas—, exclamó la compañera que estaba organizando todo el operativo.
Nos separamos entonces en pequeños grupos, decidimos un responsable para estar comunicado, y nos dividimos las zonas. Ya estábamos listos para salir a patear una vez más nuestras calles. Si, eran nuestras. Eran siempre del peronismo que estaba presente en cada momento del país. «Nos cuidamos entre todos y todas. Atentos a cualquier gilada. Y cualquier cosa nos vamos hablando», fueron las palabras de la compañera. «Aguante toda esta banda hermosa que formamos. Aguante esta unidad del campo popular y nacional. Aguante el esfuerzo de cada uno y una que está acá presente. Aguante el fervor que le ponemos. Les vamos a ganar, les vamos a ganar porque nos merecemos tiempos mejores. Aguante nuestra conductora Cristina», cerró a puro énfasis elevándonos el ánimo para salir a combatir al frío. ‘Las calles eran nuestras’, me dije internamente, soltando casi espontáneamente un grito eufórico de lealtad y convicción: “Viva Perón, carajo”. Ya se había terminado el risotto y el vino. Ya los pies se congelaban en las calles y el engrudo manchaba la ropa. Nada importaba más que estar siendo contemporáneos de una victoria más para el peronismo.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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