Otro sentir

Callamos por un rato olvidando todo el diccionario. Aprovechamos otros sentidos para empezar a encontrarnos. Cuando la noche ya no iluminaba y los ruidos se ausentaban, sólo quedaba el vaivén de nuestra respiración: se agitaba en los chispazos de pasión y desaceleraba al ritmo de las caricias.

En el silencio nos despojamos de aquellos viejos dolores, viajando en el tiempo construyendo nuevos placeres. Tus ojos livianos cerrados y entregados, a mi cuerpo flotando en paralelo, mientras iba acariciando tu pelo. No nos ganaba el sueño ni el cansancio: las viejas estructuras de las agujas del reloj se habían desintegrado.

Rozando las marcas de tu piel, nos dejamos llevar a un infinito que nos tomaba por sorpresa: nunca había sido nuestra meta. Pero ahí estaban: tus brazos extendidos, tus manos con los dedos entrelazados apretadas contra las mías, susurrándonos al oído un poco más de besos que nos lavaran las heridas.

Entre estructuras significantes, nada alcanzó para explicar el momento porque no hubo palabras creadas para expresar las emociones al tocar nuestros cuerpos. Dejar fluir las sensaciones fue, más que una decisión, una exigencia: disfrutar tanto el deseo de compartir nuestros labios nos vació de palabras y ya no tuvimos más que decir.

Solo quedamos atrapados en el sentir: tus abrazos tan profundos y melifluos, tu rostro tan bello frente al mío, haciendo que nuestro fluya en equilibrio. Nuestras vibraciones, nuestras energías, nuestras ganas, conformaban un complot para dejarnos estacionados en el espacio de las risas, los besos cortos -esos que se han creado para conocer suavemente el cuerpo ajeno-, y la necesidad de seguir por un rato más cerca del otro.

Tras las rejas que cubrían nuestros miedos, mis manos se fueron llenado de vos: el recorrido por tus hombros, el cálido camino del desplazamiento hasta llegar al lunar de tu pecho. Los nudos en tu pelo que en mi paso fueron desapareciendo. La calma para llegar a amarrar en tu cintura sutil y armoniosa. Tu cara, distendida y tan tranquila, moviéndose lentamente para pedir otra vez la unidad de nuestros besos.

Decidimos acampar ahí envolviendo a los minutos, acurrucados contra paredes de viento, alumbrados por nuestra complicidad de querer hacer sempiterno a ese momento. De querer vivir abrazando a ese pequeño instante en que conociéndonos despacio, alcanzamos a devorar al tiempo.

Relatos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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