La cotidianidad

Un auto gris avanza por Avenida Rivadavia. Otro más detrás suyo. Uno rojo se mezcla. Son cerca de veinte coches que se mueven en treinta segundos. Todos negros, rojos o grises. La caras pasan de manera efímera y en instantes ya no están. Un 206 gris para en el semáforo a la salida del túnel. Desde la avenida, dobla una camioneta con dos mujeres: la conductora va haciendo gestos ampulosos mostrando su malestar con algún pelotudo.

La señal se está por poner en verde y el auto acelera después de ver que los de la avenida ya tienen prohibido el paso. Un Corsa pasa igual por Rivadavia, acelerando más de lo permitido mientras no despega la mano de la bocina. Al muchacho del 206 se le transforma la cara: lo insulta a boca abierta y venas cargadas. Metros más atrás, una joven en moto esquiva como conos a todo lo que se le cruza en el camino: el automovilista enojado le trata de cerrar el paso y la piba le grita todas las palabras inventadas en el diccionario. El conductor le devuelve los insultos mientras revolea la mano para atrás mandándola a cagar.

Los autos de la avenida tienen verde otra vez. El primero de la fila se cuelga con el celular, mientras el viejo de atrás le toca bocina y le grita “movete, boludo”. El pibe arranca arando y quema un poco de caucho mostrando su bronca o la culpa de haber demorado. Treinta metros más atrás, nadie les deja el paso a los que quieren ingresar a la calle principal, y los autos se van colando cuando pueden. Entre todos esos movimientos que se repiten una y otra vez, una señora espera cruzar la calle por la senda peatonal pero nadie le cede el paso. Todos se están puteando o corriendo para ganar un lugar.

Cuando la luz verde se pone para los que salen del túnel, el Neón que está punteando, pone primera, pero se detiene porque no puede pasar: un colectivo cargado de caras frustradas, se queda parado en medio de la calle por el embotellamiento, al haber avanzado igual a sabiendas de lo que iba a generar. Una parte del bondi también tapa la senda del cruce peatonal y nadie puede pasar. La muchacha del Chrysler le grita “dale, forro ¿cómo vas a pararte ahí?”. El colectivero ni se inmuta. Sigue con su cara contracturada, sus hombros más duros que una piedra, y la mirada cansada de tanto repetir el mismo camino.

Las escenas vuelvan a suceder. Una, dos, tres, y uno se aburre de contar. Durante horas los autos, las motos, los colectivos, van gastando las calles, trasladando miedos, frustraciones, ansiedades, y sobre todo enojos. La repetición muestra siempre una condición igual: las bocas se expanden, las gargantas se inflan, y el viento se vuelve vehículo de una cantidad de puteadas que las personas usan para descargar un poco de la insoportable velocidad de la sociedad del consumo y el malestar de vivir compitiendo para nunca ganar.

Relatos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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