Amor de compañía

Conocí a la chica del tren un 10 de diciembre. Recuerdo la fecha de aquella primera vez que la vi subir al segundo vagón del Sarmiento. Eran las 22.31 pm de un lunes agotador -como todo inicio de semana-, lo que me hacía prever que tomaba el tren para volver del trabajo al igual que lo hacía yo. Aunque para ser honesto, esa primera vez no pensé en nada. Solamente la sonrisa tan marcada en su rostro hizo que le preste atención como para no perder en los lugares oscuros de mi memoria que ella había subido ese 10 de diciembre. Esa primera vez, tan solo tuvimos un cruce de miradas fugaces -tanto como para no recordarnos-. Sin embargo, a esa hora de la noche el tren ya venía más vacío, lo que jugaba a favor de poder recordar una cara.

A partir de ese día empecé a cruzarla repetidamente todas las noches de los días de semana. Siempre a las 22:31 pm. Cada viernes confirmaba una despedida hasta la semana próxima donde volveríamos a cruzarnos. Mientras tanto, una y otra vez, su sonrisa se imponía para generarme un momento agradable. Su boca pequeña, sus dientes radiantes, y la mueca que al fruncir la cara para reír le marcaba dos hoyitos en cada cachete, formaban la simpática sonrisa que a mí me contagiaba también el esbozar una tenue cara risueña.

Las primeras semanas de aquel verano tan frío e inestable, solamente atinábamos a mirarnos de reojo de vez en cuando para observar si nos estábamos viendo. Tímidamente generábamos un acercamiento a la distancia que quizás refería solo al hecho de vernos cada noche a las 22:31 en el mismo tren para volver a nuestras casas. Quizás, lo único que hacíamos era coquetear con el aburrimiento construyéndonos historias de amor. Tal vez, simplemente ella miraba casualmente hacía mí sin razón alguna, más que por el sencillo motivo de mirar hacía algún lado, y yo formulaba ideas para llenar el vacío que aborrecía a mi corazón desmotivado.

Cuando ya habían acontecido siete semanas de aquella noche de diciembre, tuvimos por casualidad del destino nuestro primer cruce de palabras. Ella subió como lo hacía de manera habitual en la puerta del medio del vagón. Por mi parte, lo hacía siempre una entrada más adelante en sentido a donde el tren se dirigía. Pero esa noche, un pequeño desorden rompió mis moldes generándome una pérdida de segundos que me hizo entrar en la puerta del centro, por lo que quedamos a escasos centímetros cuando ella subió a la formación. Yo había decidido no volver a ubicarme en mi lugar recurrente. Si el destino me había puesto por fortuna la posibilidad de estar más cerca de ella, debía entonces vencer a mi TOC.

Fue entonces cuando estábamos uno junto al otro que el tren se detuvo de golpe. Ella miraba su celular mientras movía rápidamente sus dedos para rozar suavemente el táctil de la pantalla y responder mensajes de Whatsapp. El sacudón imprevisto del tren y su falta de atención, provocaron que caigan al piso los papeles que traía entre su brazo y su pecho, desparramándose y entremezclándose todos. Atiné de manera muy rápida a agacharme para ayudarla, al mismo tiempo que ella se ponía en cuclillas para levantar el desorden que se le había generado. Nos sonreímos. La cercanía de su sonrisa y el brillo en sus ojos, me habían atrapado aún más de lo que ya lo hacían a unos escasos metros de distancia. Notaba flotar en el aire una tensión de esas que son bellas. La tensión de los nervios cuando está sucediendo algo que uno esperaba con ansiedad hace mucho tiempo.

En el momento que estiramos nuestros cuerpos, su aguda voz, tan calmada y armoniosa, me agradeció mientas otra sonrisa se escapaba. Le contesté que no hacía falta su agradecimiento, e inicié una charla que nos duró desde Flores hasta Haedo sin interrupciones. Ya no importaba responder a los chats del Whatsapp que seguían sonando ni mirar por un rato el Instagram. Los 20 minutos que separaban a estas dos estaciones fueron un espacio absoluto reservado para nuestra charla. Tan solo una primera conversación bastó para entender que algo mágico nos atraía del otro, y que nos propiciaba la sensación de conocernos desde mucho tiempo atrás, lo que nos provocó una confortante seguridad que nos dio confianza. En Floresta me había comentado que volvía del trabajo, en Villa Luro que estudiaba en la UBA, y en Liniers que los lunes eran agotadores, y que destruiría la cama apenas llegara a su casa. Recién en Ramos, justo antes que yo bajará, nos acordamos de decirnos nuestros nombres, para instantes después decirnos hasta mañana.

Ella trabaja como administrativa de una mediana empresa por las mañanas, y estudiaba la Licenciatura en Comunicación Social por las tardes. Después de estar más de medio día en la Capital Federal, retornaba en el tren hasta su casa. Era una chica con los tiempos completos. Todos sus días iban organizados en una agenda -hasta lo que haría el fin de semana-. Tenía esa obsesión de estar atenta a la hora, de mirar el reloj repetidamente, de contar los segundos que le tomaba hacer tantos pasos. Mientras ella soltaba sus pequeños secretos y yo los míos, nos reíamos de compartir tantos trastornos con el tema del tiempo. Realmente nos obsesionaba. Muchas personas nos habían dicho que estábamos para ir al psicólogo por esa tormentosa característica de estructurar tanto nuestros segundos. Una infinidad de veces también creí que eso era cierto. Sin embargo, al conocerla a ella, pensé que nunca la hubiese cruzado de no haber sido por esta obsesión compartida: los dos subíamos siempre al mismo tren, al mismo vagón, al mismo horario, debido a nuestra rigidez tan disciplinada con los tiempos. Y si tanta disciplina me había permitido conocerla, no podía quejarme por demás de mi trastorno.

Los primeros seis meses de conversación nos habían servido para conocernos en detalle. Sabía de ella que tenía problemas con la familia, que tenía cuatro amigas con las que compartía salida a las cervecerías los días que no tenía que estudiar, y que había tenido una relación de pareja con un muchacho seis años mayor que ella, del cual se había separado después de cinco años porque él la engañaba. Entendía cuando me develaba sus sentimientos que ese noviazgo había causado estragos en su corazón, que las sólidas paredes de la confianza hacia otras personas, en ella estaban desgarradas. Después de esa mala experiencia, no se había involucrado de nuevo con otro hombre ni tampoco estaba interesada. Sus palabras repetían una y otra vez que el amor tal como estaba necesitaba ser deconstruido porque criarse bajo los parámetros de las construcciones actuales era resignarse a sentir un dolor excesivamente penetrante al distanciarse de alguien a quien se había amado tanto. Cada vez que ella hablaba del amor, yo sentía más admiración por su forma de pensar. Ambos compartíamos esa visión de formar nuevas miradas sobre el amor que limpien la base tóxica que se había generado en torno a este sentimiento. Los dos sonreíamos cuando la noche venía filosófica, nos encontrábamos en la puerta del medio del tren, y hablábamos sobre armar amor compañero, amor en complemento sin quitarle su propio otro a la pareja.

Al correr del tiempo, empezamos a profundizar nuestra relación. Sin embargo, ninguno de los dos esbozábamos un pequeño afán por convertir las conversaciones agradables del tren, en un reducido concepto que nos uniera en algo cerrado. Flotábamos entre las palabras armadas de amor hacia el otro con el respeto de cuidar lo que construíamos. Ya habiendo pasado más de un año de compartir vueltas a casa, seguíamos sin darnos nuestros números de celular ni tampoco las redes sociales. Nos basábamos en disfrutar siempre esos veinte minutos como si fuesen la primera vez. Las estaciones pasaban por nuestra vista pero no reaccionábamos ante los paisajes que se movían cerca nuestro cuando el otro estaba enfrente. Habíamos supeditado el sentimiento por la otra persona desde el cariño a las formas de actuar, de pensar, y de comprender los caminos del tiempo. Rehusábamos del roce excesivo, del pegote corporal, del sexo que tantos nos exigían que tengamos después de tanto hablar. Sus amistades como las mías, no lograban alcanzar la entidad conceptual de la vivencia que teníamos: el amor para ellos conducía siempre a un destino distinto al nuestro.

Las metodologías de los teóricos del amor no funcionaban cuando nos miraban. Más de dos años se habían cumplido de aquel bello 10 de diciembre cuando su sonrisa me había cegado.  Seguíamos compartiendo una charla, un beso de recepción y uno de salida, un abrazo ante un llanto de dolor por alguna batalla perdida. Veinte minutos de felicidad. Lo que ambos necesitábamos para volver a nuestras vidas rutinarias donde las gentes no nos llenaban el corazón. 26 meses y un poco más de una relación sin celos, sin inseguridades, sin citas anuladas o realizadas. Una relación que perduraba en el aire porque vibrábamos en la misma línea. A ninguno de los dos nos preocupaba tener algo más del otro porque entendíamos que así nos hacíamos bien: y el fin de amar, comprendimos, era tan solo eso.

El tiempo voló disipándose como lo hace el viento entre las manos, pero nosotros nunca nos habíamos dado cuenta. El 10 de febrero se cumplieron dos años y dos meses desde que su sonrisa me atrae todos los días, pero ya quedó en el olvido frente a su inexorable capacidad de enamorarme a cada instante con sus palabras. Con la chica del tren, logramos construir una relación de amor en otra sintonía.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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