Una final de sentimientos encontrados

Dos días me tomó poder sentarme a escribir después de tantas emociones cruzadas que se vivieron el domingo. Ese entrecruzamiento cruel de no haber podido festejar como hubiese querido, ni tampoco lograr detestar al fútbol como lo esperaba. Fue quedar en un limbo que es la mejor representación de la inexorable doble tensión que se siente muchas veces con este deporte, pero también en la vida cotidiana.

La primera sensación de este juego dual me llegó cuando vi salir a los dos equipos en el estadio Bernabeu. En ese instante, recordé a mi abuelo y a lo que había sido su vida. El viejo había visto a la máquina riverplatense en la cancha, iba seguido porque mi bisabuelo, poroto, llevaba ese fanatismo que lo acompañó hasta el último suspiro, y que le había quitado parte de la audición del lado que apoyaba siempre la radio para escuchar a la banda sangrada que le cruzaba el alma. Pero cuando yo nací mi abuelo ya no miraba fútbol ni le interesaba. Las únicas veces que lo hacía era porque me acompañaba a mi cuando jugaba torneo de baby Liga Argentina, o aquella vez que me llevó a los 12 años a ver a River al monumental solo para darme el gusto más lindo que recuerde. Fue en el 2004, donde después me llevó al último partido donde nos tocaba levantar un título nacional más. Ese día que el gol de aquel 1 a 1 lo hizo un tal Marcelo Gallardo.

Pero mi abuelo ya no sabía ni cuando jugaba ni contra quien. No le importaba. La razón de su desinterés era un consejo que yo no quería asumir: había abandonado el fútbol cuando todo se convirtió en un negocio. Entre tanta pasión desmedida, esa realidad latente que uno siempre tenía en la cabeza, la dejaba pasar a segundo plano. Pero el domingo fue distinto. Al ver una final continental en tierra de nuestros conquistadores, aquellos que saquearon nuestras tierras, asesinaron a nuestros pueblos originarios, me terminó de dar un golpazo contra la verdad que no puede ser disimulada por mis ojos. Entonces, después de estas semanas entre acusaciones cruzadas, dirigentes corruptos, y el poder ejecutivo jugando en medio de todo este evento, el festejo nunca pudo ser como hubiese querido que sea.

Sin embargo, esa doble tensión también encontró otra reacción en el punto deportivo. Inmiscuido en no querer sentir, en la frialdad para lograr una deconstrucción y odiar todo lo que estaba generando este partido, la pelota se movía por el césped y las camisetas blancas con la banda roja estaban disputando el partido más importante de nuestra historia. Intentar disimular los nervios fue un éxito casi cumplido, pero el domingo no pude dejar de lado usar la misma camiseta que llevé puesta sin lavar desde octavos de final, el mismo joggin, y sentado en el puf verde que mezcla de todas las hadas y hechiceros, para mí, tiene una magia que no falla. Porque entre tanta racionalidad que le pongo a mi día a día, es en el fútbol que me permito la superstición cuando repito cábalas, y terminé yendo a cortarme el pelo en cada encuentro de vuelta de esta edición de la copa porque siempre terminamos ganando. La pasión entonces vencía en algún punto en esta pulseada contra el rechazo al negocio de estos delincuentes.

Además, lo deportivo tuvo otro punto para ingresar en mi cuerpo como un virus. No solamente aquella pasión tan desmedida por enfrentar al rival de siempre -el cual, exacerbado por los grandes medios, ya lo miramos como un enemigo al mejor estilo de un oponente en un enfrentamiento bélico. Y en cierto punto, la disposición posicional del fútbol es una batalla de 11 vs 11, y el que gana se lleva la gloria eterna, mientras que el derrotado “muere”, “deja de existir”, como si eso fuese cierto o posible. Pero los discursos buscan confrontar hasta este punto para después desligarse de las responsabilidades de la violencia en las canchas-. Este partido agregaba el condimento de la justicia. Ese concepto tan abstracto, efímero, e injusto la mayor parte de las veces, estaba también en disputa el domingo. Y para nosotros, la justicia al fin fue justa con quienes más lo merecíamos -aunque sea tan difícil hablar de merecimientos en el fútbol-. La justicia se hizo carne con la victoria de quien fue el mejor de la copa -con Gallardo, Ponzio y Maidana, al frente de un equipo siempre respetuoso de las circunstancias transcurridas-, pero también fue justa con los hinchas que encontramos cerrar definitivamente una herida. Entonces lo deportivo reconoció todo el trabajo hecho, para conseguir de este modo, que la tristeza y la bronca contra el fútbol no haya podido ser como lo hubiese deseado.

Dos días más tarde, esta final me deja un sabor agridulce. El de la inmensa alegría que no puedo negar, y que comprendo que será difícil ocultar mis sentimientos con respecto al club que se convirtió en uno de los valores más sagrados de mi vida, luchando constantemente contra mis fervientes ganas de hacerme eco de uno de los recuerdos que me dejó mi abuelo: el fútbol es un negocio mundial, cada vez más sucios, y no es ni el principio ni el final de nuestras vidas. Después de esta Copa Libertadores, soy más consciente que aquella locura construida a lo largo de los años por una camiseta, ya no debe seguir siendo así. Es que al fin y al cabo, si todos seguimos de esta manera, seguiremos siendo los muñecos manejados por los hilos del poder que hace ya mucho tiempo se ha llevado al fútbol para sus molinos.

Deporte

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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