El tren que nunca tomamos

El mismo tren recorría las vías chillando todas las noches. Ese que a veces convertía al sueño en realidad. O al menos me despertaba y en eso seguía pensando. Las secuencias, en ocasiones sombrías, mostraban imágenes que parecían de películas –quizás era algún recuerdo de un viejo film que ya había visto, o fragmentos, simples pedazos de escenas distintas donde un tren iba en una dirección que desconocía-.

El tren que recorría descampados. Los pastizales largos al costado de su trayecto. Nosotros corriéndolo por otra parte. Haciendo el esfuerzo de alcanzarlo en la siguiente detención. Se nos había escapado por escasos segundos en el lugar de largada. Una estación pequeña y vacía. De columnas y puertas de madera. Un andén bajo junto a la estructura donde estaba la boletería y otro más chico en el costado derecho en medio de la soledad, los rayos del sol, y el calor furioso de una tarde de verano.

Kilómetros donde los pies se movían a la velocidad que solo Bolt podría alcanzar o nosotros en mis sueños. Pulmones cargados de aire que se rellenaban de esperanza: llegar a subir a ese tren ¿Para ir a dónde? Probablemente nunca lo sepa. Certeza que se convierte en una duda más de mi humanismo andante en un mundo que me sobrepasa ¿Qué habría de buscar sobre esas ruedas filosas?

Ese viejo tren que debía tener más de cincuenta años recorría mi mente. Una formación de dos o tres vagones empujados por la chanchita –la Fiat también es otro apodo de mi madre para la locomotora diésel que marcaron sus años-. Un color crema que pintaba toda la estructura con un par de franjas rojas y azules a los costados. Todo estaba deteriorado. La pintura ya estaba resquebrajada.

Finalmente lo alcanzábamos. Éramos siempre cuatro –incluyéndome- los que corríamos desesperados. Siempre sonrientes, como si estuviésemos en una travesura de niños. No teníamos temor y tampoco nos hablábamos. No hacía falta más que mirar nuestras caras para entender que es lo que buscábamos: a ese tren que no nos llevaba a ningún lado. Entre vías que se cruzaban formando figuras extrañas, bajábamos por una escalera metálica oxidada que venía de un puente de tierra que estaba a un lado. Un semicírculo para quedar del otro lado de un galpón que nos tapaba lo que anhelábamos. El tren estaba al otro lado.

Dar la vuelta para que se convierta en estación. Una más. Esa segunda parada tan deseada. Ahora si en el medio del cielo oscurecido que encerraba solo pastos y ni una luz de ruta acompañando. Éramos nosotros cuatro, la estación, y el tren parado. La noche era protagonista después de horas de pasos apurados. Otra estación que repetía los mismos rasgos: la madera deteriorada, dos andenes, la boletería cerrada, y un reloj muy antiguo que nos marcaba la hora señalada: el momento de subirnos al tren había llegado.

Sin embargo, en ningún sueño pudimos concretarlo. Todas las noches uno hablaba para decir que estaba con un tobillo inflamado. Eran las únicas palabras que escupía una boca en medio de un silencio que nos anestesiaba para calmarnos. La misma respuesta complotaba una vez tras otra con la posibilidad de tomar ese tren. Al final, siempre nos quedábamos acostados en la estación pasando la noche solitaria esperando a que se haga de día para correr al tren desde atrás, una vez más, para nunca alcanzarlo.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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