Calle Siglo XXI

Un muerto asomaba por un callejón. Parecía sucio, como si hubiese despertado ahí luego de pasar una noche de juerga. Igual no se preocupaba por su aspecto, de todas maneras, ya estaba muerto.

Se largó a caminar por las calles montañosas de un lugar que le hacía acordar a su vida: siempre cuesta arriba. Entre esos pasos miraba a sus zapatos elegantes y no comprendía entonces que hacía en aquel lugar oscuro de la ciudad.

Recién había amanecido, pero él no había dormido nada. Parecía que el sol seguía tapado por la luna. Sin embargo, sentía como los rayos penetraban sus pupilas, lo encandecían por la fortaleza que tenían. Era tan débil su pasar que ni vivo lo sentían.

Una hora o dos quizá ya habían pasado y él no encontraba el rumbo. Andaba muy sólo. Nadie le hablaba, pero él pensaba: “claro, estoy muerto”. Se creía las explicaciones absurdas que solía darse para sí mismo -aunque por dentro sabía que estas eran simples mentiras-. Notaba en la mirada acusadora de la gente el desprecio que le tenían. Cuando se acercaban lo aniquilaban por la espalda.

Comenzó a escuchar un sonido mientras le vibraba el pantalón. El celular pedía ser atendido. Lo miró con cara extraña ya que así no recordaba que fuese el suyo, pero lo sacó de todos modos. Deslizó el dedo por el botón verde y respondió: “¿hola?”. Se notaba el miedo en sus palabras. Aquel diminuto objeto le daba un rumbo y al mismo tiempo se convertía en un Dios para él. Por lo menos, a través de este, alguien le había hablado.

Llegó a la dirección que había recibido: temeroso, una vez más -como toda su vida- se acercó a ese gran edificio que no connotaba que algo malo le iría a pasar. Parecía otra gran montaña por escalar, solo que era oscura, vidriada y la gente entraba y salía constantemente, como si fuese un gran mercado antiguo.

Lentamente subió hasta el 6º piso donde lo estaban esperando. – Buenas tardes jefe -, le dijo muy seriamente un uniformado que aparentaba ser perfecto. Él lo saludo con un ademán que permitía reconocer que estaba atónito. No podía recordar en su experiencia haber tenido subordinados. Deben confundirse, pensó, mientras susurraba su propia mentira: – solo soy un muerto -.

Lo dejaron a solas en aquella oficina tan grande y vacía como ahora sentía su vida. Seguía sin comprender que estaba aconteciendo. Miraba por la ventana hacia abajo donde veía como el mundo se movía a toda velocidad. El transito tapaba las calles, el humo contaminaba la atmósfera, las personas solo se hablaban para insultarse. El resto caminaba de traje por la vereda con portafolios en mano, acallados, sin sonrisas en sus caras. Sentía a aquel 6º piso como si fuese un infierno dentro del planeta.

Ya nada tenía sentido: el callejón vacío, su oficina, los protocolos de sus subordinados, ni la locura de la calle Siglo XXI que observaba a través de esos gigantes vidrios polarizados. Entre tanto pensar, ya se habían hecho las seis de la tarde. No había visto la hora, pero sonaban las campanas de las iglesias y también el teléfono de su escritorio: – señor, está su auto – le avisó una joven por comunicación interna.

Bajo nuevamente a toda prisa. Ya no deseaba estar más en el 6º piso. Se dirigió hasta el subsuelo -oscuro y tan gigante-, subió a su auto y emprendió camino a la nada. Su piloto automático le servía, aunque nunca había imaginado que esto pudiese funcionar realmente. Para su salvación, los mapas ya estaban cargados de antemano y el coche marchaba con serenidad hasta su casa.

Un portón se abrió en una mansión.  “¿Será mi casa?” pensó una vez más mientras susurraba palabras que no eran posibles de entender. Estaba desorientado. El auto se estacionó y él descendió. Caminó un par de pasos hasta llegar a la puerta de entrada. A cada instante y en cada movimiento nuevo iba descubriendo cosas que nunca había visto.

– ¿Hola? – repitió muchas veces, elevando cada vez más el tono de voz, pero sólo el eco le contestó. Parecía sólo. Nadie en casa. – Estoy muerto, no me deben escuchar –, volvía a susurrar. Pero esta vez ya no creía tanto en él ni que esa afirmación fuera cierta.

Decidió recorrer su inmensa casa: abrió puertas arriba y abajo (siempre quedaba una más, y ya se sentía cansado). Había encontrado detrás de las puertas dinero, joyas, televisiones, computadoras, nuevos equipos electrónicos que ni siquiera sabía para que le podían llegar a servir; pero ni a una sola persona. Todos los objetos que siempre había soñado, en un abrir y cerrar de ojos, los tenía. Sin embargo, se sentía perdido, como si estuviese en una dimensión desconocida.

Ya no sonaba el celular ni siquiera para avisar la llegada de un mensaje de texto, ni tampoco el teléfono de línea. Nada parecía venir a ayudarlo: esta vez estaba sólo, completamente sólo. Seguía recorriendo en ese silencio sepulcral. Al paso se cruzaba siempre con fotos de él, con la particularidad que en todas ellas se veía solo. Nunca una compañía. No había un amigo, tampoco familiares, ni el perro ni el gato, pero sí todas sus joyas.

“¿Será que existe la verdadera amistad?” pensé yo cuando lo observaba. Aunque debo admitir que mis ojos se entristecían al verlo tan desesperado. Sin embargo, sabía que él debía aprender la lección.

Otra vez, temeroso como lo fue siempre, caminó hacia una entrada que antes no había percibido. Le temblaba la mano al girar la perilla; pese a ello, lo logró, había entrado. Miraba a su alrededor y todo lo asombraba. Cajas y más cajas, solo eso encontraba, una arriba de la otra. En ese instante comenzó a sentir que un frío venía desde el fondo de la habitación. A los lejos una luz parecía guiarlo para que siga su camino: decidió ir hacia allá cueste lo que cueste.

Llegando, lo absorbió una sensación rara de tristeza y decepción. Era inexplicable, jamás lo había sentido. Su cabeza comenzó a delirar. Se dispersaba en un más allá de sueños y de realidad pasada: entraba a entender lo que pasaba. Ahora se daba cuenta porque él había de hallarse sólo. En esos recuerdos pudo ver cómo había decidido cambiar a lo largo de su vida el amor y la amistad, por la avaricia, por tener aunque sea un poco más de todo. Así, entre negocio y negocio, había conseguido lo que siempre había soñado y lo que siempre había sabido ser: un frívolo sujeto que reflejaba la viva imagen del capitalismo más atroz y consumista.

Los sueños y los recuerdos lo pateaban, le aplastaban su mente, asfixiaban su ser hasta en lo más profundo, y lo mandaban rápidamente otra vez a la realidad: estaba sólo en aquel cuarto oscuro, pero ahora todo era diferente: las lágrimas que caían de su rostro eran difícil de contener.

– ¿Por qué me condena el pasado? ¿Qué he hecho? – decía desesperado. Terrible realidad padeceré por el fin de mis días, pensaba. – Pero soy un muerto ¿por qué sufro? – se dijo en voz suave y deprimida.

Pese a la epifanía que vivió unos instantes atrás, seguía sin entender cuando había pasado todo esto, ni mucho menos por qué apareció en el callejón todo destruido y con un fuerte olor a alcohol ¿Por qué no se acordaba de esto en lo que se había convertido? Seguía buscando explicaciones mientras el cuarto pronunciaba aún más el silencio rotundo que torturaba con tanta tranquilidad.

Yo ya me sentía cansado. Mi edad me agotaba cada vez más rápido. Además, comenzaba a tenerle compasión sintiendo el sufrimiento que estaba viviendo. – ¿Habrá aprendido? –, me preguntaba por lo bajo. Era hora de llamarlo.

Lo miré desde arriba mientras pensaba y me llenaba de dudas. Trataba de decidir: no sabía qué hacer con él: ¿le daría la explicación que tanto anhelaba? Había vivido tan solo un día como deseaba y ya se encontraba desanimado en ese mundo codicioso que antes tanto apreciaba.

Dormido en las maderas de la habitación, cayó desparramado con una soledad que le aniquilaba la psiquis. Ya debía despertarlo para exponerle lo que estaba pasando. Abrí una ventana para que una brisa de aire fresco corra por allí. Se levantó de inmediato: otra vez la luz lo atraía. Él no confiaba en si la tristeza lo estaba traicionando y lo había vuelto loco, o si realmente todo esto estaba aconteciendo. Hizo el esfuerzo y caminó una vez más hacia ese resplandor. Entró y volvió a revolver el pasado.

Giraba con gran desquicio en el piso dentro de esa otra realidad infinita. Quise entrar a su mundo paralelo y conversar con él durante un rato. Ya no estaba funcionando su cordura, lo cual me empezaba a preocupar. Decidí que debía entablar el diálogo:

Yo: – No me recuerdas ¿verdad? –

Él: – No ¿quién eres? Creo que nunca te he visto… –

Yo: – Tranquilo, esta vez no temas, sólo vine para ayudarte a entender que está pasando–.

Él: – ¿Vas a explicarme? ¿Me viste en el callejón, en el 6º piso, en mi casa? ¿Tú me sigues?–.

Yo: – No, no, sólo sé lo que te ha pasado –.

Él: – ¿Por qué? ¿Cómo? –.

Yo: – No importa, sólo te pido que recuerdes conmigo lo que pasó aquella noche –.

– Venías en tu auto viajando por la ruta. Estabas triste y enfadado. Decías que tu vida no valía, estabas hablando sólo. Pedías plata, lo que fuese, no importaba más nada para ti, sólo el dinero. Frenaste en una parrilla en medio del camino, te cruzaste conmigo ¿sigues sin recordar? –.

Él: –No, no sé de qué hablas –.

Yo: – Pues claro. Tenías mucho olor a alcohol, se nota que habías estado bebiendo. En ese momento charlamos y me pediste con tantas ganas una vida llena de dinero que pensé en obsequiarte ese deseo. Tú no me creíste, pensaste que yo estaba loco, no tuviste fe y te fuiste. Te aconsejé que no lo hicieras, pero no escuchaste. Largaste a toda velocidad con tu auto y a los pocos segundos te estrellaste –.

Él: – ¿Choqué? En el callejón no parecía lo mismo. No era un choque sino un ebrio sin razón alguna –.

Yo: – Ahora todos beben por beber. La escapatoria más sencilla que muchos encuentran para no aceptar que no tienen valentía para rebelarse contra el sistema preestablecido. Muchas revoluciones se podrían haber hecho, pero se han ido perdiendo como tú, que ya te fuiste –.

– Sin embargo, te devolví con todo lo que querías. Fui a rescatarte de aquella noche sin sentido de tu vida que es como lo llamabas vos. Te tiré en un callejón: parecías un muerto en un cuerpo vivo ¿verdad? –.

Él: – ¿Me resucitaste? ¿Eso quieres decir? Ahora estoy más confundido –.

Yo: – Puedes tomarlo como quieras. Pediste un cambio drástico, lo rogaste en un mar de lágrimas. Por mi parte sólo quería que vieras lo que era una mala vida ¿habrás aprendido la lección? –.

 

No te deje responder. Te deje sólo, dándote espacio para que reflexionaras. Sabía que solo con tus actos podías demostrarme si te había servido de enseñanza todo lo vivido.

Dejé que transcurrieran los días mientras te observaba. Lloraste, quisiste volver a ser quien eras días atrás, pero ¿habría retorno?

Hoy puedo decir que me siento satisfecho porque te tengo a mi lado. Sé que esto ha culminado. Me di cuenta que ya ninguno de los dos podíamos continuar con esta agonía cuando con gritos desesperados me dijiste: “por favor, todo está destruido. No es como yo lo imaginaba. Llévame. Devuélveme a la oscuridad. Prefiero estar junto a mi pasado”.

 

Buen viaje querido amigo.

 

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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