¡Perón o muerte!

Los primeros meses después del derrocamiento de Perón fueron complicados para mi hermano y para mí. Habíamos crecido entre familia obrera, siempre trabajadora, y el 17 de octubre del 45 nos habíamos lanzados todos juntos a pedir por la liberación del General.

Sentíamos que nuestras raíces nos obligaban a ser peronistas. Desde su asunción en la Secretaria de Trabajo y Previsión, nos habíamos beneficiado por primera vez de la política. Ese hombre salido de las filas militares le había otorgado a mi viejo, Casimiro, por primera vez las vacaciones pagas.

Cuando la revolución “libertadora” comenzó a querer sacar a Perón del Gobierno, con Martín, Humberto y el viejo, nos planteamos defender hasta morir la causa del pueblo y de los más humildes. El mediodía del 16 de agosto del 55, Casimiro estaba en la Plaza cuando las bombas cayeron y casi lo terminan matando.

Sin embargo, ese día zafó, pero no fue por mucho tiempo. Por eso digo que nuestros primeros meses después del derrocamiento se nos hizo cuesta arriba a mí y a Martín que tuvimos que mandarnos a combatir solos por la causa que habíamos prometido entre los cuatro Iglesias.

No me olvido más porque nos costó salir del dolor que nos causaron las dos muertes seguidas en menos de un mes que sufrimos. Pero los decesos del viejo y de humbertito, también eran la muestra que teníamos que seguir para adelante y que la cosa era “Perón o muerte”.

El 17 de octubre de ese año, a Humberto lo asesinaron mientras andaba tratando de cruzar el Riachuelo a nado porque habían levantado el Puente Avellaneda. Los fusiladores les tiraron a unos cuantos compañeros directamente a matar, y en esa mala fortuna a él le tocó. Esa tarde no habíamos podido ir con Martín porque nos quedamos laburando para poder comer algo.

Cuando mi hermano falleció, vino mi viejo a contarnos que lo llamaron del ejército para avisarle que estaba el cuerpo. Nos abrazamos entre los tres y nos repetimos al oído fuertemente “Perón o muerte”, “Perón o muerte”. Recogimos el cuerpo de la morgue y lo enterramos, pero adentro del cajón le dejamos un cartel que decía “Viva Perón”.

A menos de haber transcurrido un mes, el 12 de noviembre, al viejo lo asesinaron frente al busto de Eva. El General Cuadros llegó con todo el blindado y sus milicos para destruir el símbolo de la jefa espiritual de la Nación. Casimiro, viejo testarudo, padre como pocos, y peronista hasta la médula, no se corrió ni a la voz de aviso que lo llenarían de balas.

Cuando nos llamaron a casa para avisar que había muerto, salimos directo para el lugar de los hechos. Un comerciante de unos cuantos años que estaba instalado en el ferrocarril nos dijo: “le gritó `Viva Perón la puta que te pario´”, se puso la mano en el pecho y se quedó ahí pirado mirando fijo a todos los soldados estos de verde. Tremendo compañero. Deberían sentirse orgullosos. Dejó todo”.

Volvimos a casa con Martín con una angustia terrible, pero con la frente en alto. Los Iglesias éramos hombres de palabra y habíamos dejado en claro que no renunciábamos a eso. Casimiro y Humberto ya estaban en otro mundo, sin embargo, nos miramos con mi hermano mayor y nos gritamos mientras tomábamos un vino: ¡Perón o Muerte!

 

 

* Los Iglesias son personajes de ficción tomados del cuento “Los muertos de Piedra Negra” de Abelardo Castillo, producido un año después de la Revolución Libertadora.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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