Locos por lo antiguo

Corría el año 2092 y el sistema seguía capitalista vigente. Mis calles estaban más arriba y los bodegones habían pasado de moda. Ya no necesitábamos quejarnos por los desechos de basura arrojados en la vía pública. Sin embargo, los basurales crecían como así también los desechos industriales. Pero mi ciudad ya no era como aquella que viví cuando aún era joven. Ya no era un Haedo que inducía a la tranquilidad, era más parecida a un París que hace años atrás pensábamos que sería inalcanzable.

Los tiempos habían cambiado y las innovaciones tecnológicas al servicio del poder dominaban la opinión pública de la mayor porción de la población. A esta altura no existía un país del norte o una unión de naciones para cargar con las riendas de la tierra. Los nuevos aparatos electrónicos ahuyentaban cada vez más a las prácticas más comunes e inherentes del ser humano: su utilización desmedida, propulsada por el valor del consumo, corrompían cada intento de pensamiento crítico.

Los cerebros se habían marchitado en gran parte porque el marketing publicitario había encontrado las nuevas fórmulas para entrar en la psiquis humana y controlarla para su capital. Probablemente eran cien por ciento efectivas. Las propagandas políticas eran tan fuertes que una revolución de alegría vacía vencía en las urnas sin esbozar una plataforma electoral. Ahora éramos muchos menos los que nos manteníamos a salvo.

La gente se sentía más cerca si hacia el amor por teléfono -el roce de piel se había terminado después de aquel año 2056 donde esa nefasta organización que debía velar por la salud de los seres humanos, regó estas tierras de un virus contagioso entre la piel de las personas, y la persecución psicológica instalada desde los mass media rebotó con mucha fuerza-. Enamorarse solo tenía valor por la internet –como muñecos de un final feliz, sonreían al poner “en una relación” en sus biografías virtuales-. Un sistema mejorado de dictadura donde acercarse al otro era una misión difícil de cumplir. La tiranía de los poderosos disfrazada de democracia y libertad segregaba las posibilidades de acción colectiva.

Las máquinas, en efecto, parecían superar la inteligencia de su propio creador aunque esto no fuera posible. El ser humano ya no se daba tiempo libre para pensar como sujeto crítico. Era consumista, materialista, un perfecto personaje del capitalismo más feroz pero mucho más intensificado que en aquel octubre final que recuerdo de hace unas décadas atrás. Las variantes con respecto a aquella época pasada se daban en virtud de la peligrosidad con que habían explotado valores tan superfluos y banales que corrompían definitivamente la solidaridad, las luchas sociales, o los sentimientos de empatía hacia los demás.

Las presiones mundiales -dada por el simultaneo crecimiento de países subdesarrollados- habían cambiado el rumbo. En un abrir y cerrar de ojos, Sudamérica tenía en sus manos el liderazgo del mundo -las grandes potencias se desplomaron en un crudo invierno de 2044/2045-. América latina es quien se hacía cargo de destruir al mundo: por ser dueña de las riquezas naturales más grandes, les había proporcionado soluciones a los problemas de hambre a los países poderosos, pero esta vez bajo grandes tasas de interés. El frío también había aniquilado a los países de Europa que demostraron no haber aprendido nada de la derrotada de los alemanes en la mitad del siglo XX en territorio ruso.

Pese a que el norte ahora estaba en el sur, el mundo era más igualitario entre los países, pero las clases sociales siempre estaban marcadas. No tenía fin aquella frase que la desigualdad de las teorías liberales creó: “para que haya ricos, debe de haber pobres”. La diferencia con el principio del siglo XXI es que la brecha entre estos grupos era mucho más amplia y que el pueblo ya había quedado sin fuerzas para seguir luchando. Los medios de comunicación ayudaron en una campaña de idiotización que dejó a las revoluciones brazos abajo.

Recuerdo que hace poco tiempo atrás, me senté en uno de esos bares cibernéticos que hay ahora y pedí un café. En ese momento posé mis hojas de papel que tenía guardadas conmigo como si fuesen una especie en extinción, saqué un lápiz y comencé a escribir. Por supuesto iba a criticar a la sociedad pos-moderna de aquellos pasados años donde todavía estábamos a mitad de camino de esta devastación humana. Ya por estos años nadie escribía críticas: los ideales revolucionarios habían muerto en el camino. Sin embargo, esa tarde no sería una más. No me dejaron escribir como a mí me gustaba.

Un muchacho entrometido -como era característico de estos tiempo- se me acercó y tuvimos un diálogo:

– He ¿no le parece que es un poco antiguo eso que utiliza abuelito? – me dijo de mala manera y con cara de desprecio. – No, y creo que eres un mal educado – le respondí con todo el respeto, aunque enojado por lo que había dicho aquel joven. Este me miró y me dijo – ¡modernizate anciano! -. En ese instante me reí, pero decidí no continuar dándole charla por lo que decidió retirarse muy enfadado. Con este inconveniente de por medio, no tomé por finalizado mi trabajo y seguí con lo que estaba haciendo.

Al pasar el rato, vi que aquel muchacho me había estado observando y señalando mientras hablaba con otro hombre más grande. No tuve que esperar mucho tiempo más para recibir una ingrata sorpresa: unos señores, que hoy sigo sin comprender si eran policías o psiquiatras, se acercaron a mí, y con pocas palabras que cruzamos, decidieron llevarme con ellos. No puse resistencia. En definitiva, fuese cual fuese la autoridad que me venía a llevar consigo, estaba absolutamente autorizada a hacerlo. Si el orden establecido se creía estar en peligro –aunque esto fuese solo una presunción-, tenían todas las facultades para actuar por el poder que el Estado le concedía.

Ingresé con los ojos tapados como si fuese un terrorista o un asesino serial a un pabellón que se lo denominaba LOPA (Locos por lo Antiguo), y allí me dejaron tanto tiempo que no pude definir en qué año me habían dado la libertad condicional. Tampoco recuerdo bien que fue de mí durante la estadía en aquel sitio ni en qué momento habré recuperado la conciencia. Pese a la voluntad que ponía para encontrar algún recuerdo de lo vivido, nada aparecía dentro de mi memoria. Sinceramente, podían haber sido días, semanas, meses o años, sin que pudiese saber la exactitud ni que pasó allí adentro. Además, los intentos infructuosos por recuperar algún detalle de lo pasado me generaban una gran pereza mental.

En medio de tanta soledad, con miles de voces que hablaban pocas palabras, narices frías que no respiraban y cientos de ojos que no miraban, mi cabeza había olvidado que era el sol. El primer día de salida me costó entender que habían hecho conmigo allí adentro. Resplandeció sobre mis ojos una luz tan grata que me regalaba una sonrisa sin fin. Sentí que algo había cambiado o cuanto mínimo entendía que tenía que esforzarme por disimular, sino jamás volvería a estar en aquel sitio del 2092. La posibilidad de volver a ver la luz solar, respirar aire puro –o lo que le quedaba de pureza-, eran motivos suficientes para comprender que al sistema de control social no había que alterarlo bajo ningún motivo.

Pese a todo, y luego de unos primeros días de reinserción en la vida cotidiana, la inquietud sobre cualquier tema que siempre me caracterizó estaba reluciente. No la habían afectado los sonidos ni las imágenes constantes de aquel cuarto especial. Intenté resistir lo más que pude. Sin embargo, pasadas dos semanas, decidí volver hasta ese bar que tantos cambios me significaron. Y fue ayer, cuando estaba ahí sentado que sucedió algo extraño: una voz suave de mujer que no pude reconocer, me preguntó desde mis espaldas por el trozo de papel de aquella tarde. Sin titubear ni por un instante le dije: – ¿Papel? Lo lamento, no sé de qué me habla -. Pero ella insistió: – ¡donde usted escribía antes, con un lápiz de mina, esos que ya no se consiguen! -. Pero yo seguí sin entenderla (o quizás eso era lo mejor para mi). Con cara de desprecio, decidí entonces que delatarla y mandarla a aquel pabellón oscuro para que pase un largo rato reflexionando sobre lo que no es correcto hacer, era la mejor ayuda que podía darle.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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