El tren que no quería tomar

La primera vez que en mis ojos vi la guerra, fue la mañana del 27 de abril cuando venía caminando por Monseñor Raspanti desde la plaza San Martín -la que está ubicada frente a la comisaría y el colegio número 8-, hasta mi casa en Emilio Castro. Cuando llegué a cruzar la vía del Ferrocarril Roca la barrera estaba baja. El banderillero no quería que nadie pasara. El tren acarreado por la vieja locomotora diésel venía despacio. Pasó entonces así frente a mí toda la formación llena de hombres uniformados del Ejército Nacional.

Esa mañana, aunque no quise admitirlo, me había perturbado la tranquilidad definitivamente. Estaba en los cortos 19 años, lo que generaba por mi edad que las chances se incrementaran para recibir una mala carta. Llegué a casa y no había nadie. Abrí la heladera, me serví un vaso de jugo, y empecé a sentir que el pensamiento me transportaba a recordar mi barrio una y otra vez como si ya no estuviese en él. Haedo, tan lindo y tranquilo. Con esos vagones repletos de esperanzas y vidas. Cuantas contradicciones y miedos se me juntaban en unos instantes.

Sentí el ruido de la puerta. Mis viejos giraron la cerradura para entrar y ya estaba ahí frente a ellos. Por instinto me salió la necesidad de ir a abrazarlos, como si ese fuese el último saludo. Las bolsas del supermercado cayeron contra el piso de la fuerza que hice sobre sus cuerpos que comprendían que algo pasaba. Algo malo seguro estaba sucediendo.

– ¿Que pasó, hijo? -, preguntó rápido la vieja que siempre estaba a la vanguardia de mis asuntos.

– Nada. No importa, pero tuve ganas de dejarles en claro cuánto los quiero-, le respondí evitando contar cualquier detalle.

Ese día dejamos que las cosas pasen de largo. Ninguno quiso ahondar en el tema. Fue pedido mío que no se preocuparan porque sabía que esto podía ser sólo una fea jugada de los nervios. No era justo asustarlos por algo que quizás nunca pasaría. Sin embargo, decidí salir hacia la casa de mi novia Cecilia para transmitirle cuanto la amaba.

Ya era el 23 de mayo de 1982. El triunfo de la recuperación de las Islas Malvinas había pasado de lo diplomático a las hostilidades del ejército británico. Los medios ya hablaban de guerra mientras los corazones de muchas familias se paralizaban, aunque el mensaje siempre era tranquilizador: el combate se iba a ganar.

Ese día volví a hacer el mismo camino para regresar a casa. Nuevamente el tren se cruzó en el trayecto. Llegué, giré la cerradura y del otro lado de la puerta estaban los viejos esperando. Moví un paso y se abalanzaron sobre mi abrazándome como si algo malo pasara. En ese instante una lágrima rodó de la mejilla de mamá que ya permitía saber que no había consuelo que curara esa angustia.

Después de ese impacto, mi viejo se despegó unos pasos, respiró y me entregó lo esperable en mi cabeza. Un sobre blanco, un telegrama de despedida, un final sin respuestas, un hasta luego que sonaba más a aquel sentimiento de un último saludo absolutamente eterno. Una citación para estar dentro de las próximas 24 horas presentándome en el Regimiento que se apostaba en La Tablada.

Me fui a mi cuarto con el cuerpo helado. En pánico y sin saber qué hacer. Pensé de nuevo en ese tren. Ese viaje que ahora empezaba a comprender que unía Campo de Mayo con mi próximo destino. Los pibes que iban ahí arriba seguro sentían el miedo que hacía temblar mis piernas. O quizás alguno de todos esos ojos que pasaron frente a mí ya no estaban más entre nosotros.

Perdí una hora entera de las 24 que me habían dado acostado en la cama, pensando en que hacer. Puse a sonar un poco de música para calmar esa mezcla de miedo con ansiedad. Si huía y era desertor, me iba a pasar los días escondiéndome, lo que generaba la posibilidad que me agarren y que se desencadene un final peor. Si me quedaba en casa, me iban a venir a buscar. Si iba podía morirme en la guerra.

Decidí levantarme. Me lavé la cara unos minutos bajo el agua fría para demostrar que todo estaba bien. Fui a buscar a la vieja para transmitirle que iba a volver intacto, que no tenga miedo. Me observó con un vacío enorme en la mirada, tratando de entender la situación y me abrazó otro buen rato. Mi viejo me apoyaba con la dura tarea de recomponer a mamá para que sea fuerte y aguante hasta que vuelva.

Me puse un buzo para salir de casa. Recorrí Emilio Castro a paso lento, disfrutando por última vez el paisaje pacífico de Haedo. Esperaba no cruzarme con el tren sino se iba a convertir en la pesadilla de todos mis sueños. Enfilé directo hacia lo de Cecilia, mientras al paso saludé a algunos de los amigos de siempre que vivían en la misma cuadra. Llegué, la besé y le pedí que me esperara. Lloró un buen rato mientras nos abrazamos. Ni siquiera tenía tiempo para saludarla como quería, pero necesitaba irme.

Preparé todas mis cosas para la mañana siguiente partir hacia La Tablada. Cuando el sol se había puesto ese 24 de mayo, abrí los ojos pensando en que quizás esa había sido mi última madrugada. Una foto de los viejos, una de Cecilia que me había dado el día anterior, la ropa, un escudo de River que me acompañaba a todos lados, y el bolso ya estaba completo para viajar.

Mis viejos me acompañaron hasta la parada. Les prohibí rotundamente que hicieran el viaje conmigo. La despedida se me hacía interminable y quería superar ese trágico momento de dolor penetrante. Los abracé como nunca antes -o si, como aquel 27 de abril-. Le di un beso en la frente a mamá, le dije que la amaba. Choqué el puño con papá como cuando era un niño y repetí las mismas palabras. Me subí al 242 por San Justo que me dejaba cerca de la entrada.

Cuando llegué al regimiento presenté mi documentación junto al telegrama. Ya estaba anotado. La situación no iba a cambiar de ninguna forma. Me entregaron el uniforme para que me cambie en el momento. Apenas terminé, me subieron al camión con otros diez pibes. Hicimos las ocho cuadras por Crovara hasta la estación de Tablada. El tren estaba ahí esperando.

El destino me había convertido en uno de esos jóvenes que como vecino de Haedo había visto pasar una y otra vez cargados de miedo, de tristeza, de soledad. San Justo, Ingeniero Brian, paradas que fueron quedando en el camino. El tren recorría a paso lento para perpetrar con melancolía la última mirada a los pastos altos que bordeaban la vía del tren en el barrio, el cruce fantasma de la calle Alegría, la barrera de Raspanti, la casa de Cecilia, el centro de Haedo, la vieja estación del Roca, el cruce con las vías del Sarmiento. Todo desaparecía para transformarse en sueños.

El 28 de mayo, la Compañía de Comandos 602 que había salido de Campo de Mayo aterrizó en Malvinas. Bajé del avión con el interminable miedo que le generaba un peso extra al bolso. El viento corría con muchísima fuerza mientras que el frío traspasaba todo el uniforme verde que llevaba puesto. Era un lugar desolador, descampado, donde no parecía posible vivir de la mejor forma.

Después de ubicarnos rápidamente en una zona alejada al aeropuerto, empezamos a trabajar en las distintas operaciones que los oficiales nos mandaban. La guerra empezaba a ser interminable y recién comenzaba. Teníamos la labor de emboscar a los desembarcos ingleses, tomándolos por sorpresa para no permitirles preparar su poderosa ofensiva. Hacíamos caso a cada grito que un oficial lanzaba.

Pese a ello, esa idea soñada se terminó rápidamente cuando la verdad se hizo presente y dejó caer las caretas a tantos kilómetros de distancia del continente. Los oficiales nos habían mantenido con las sobras de sus comidas a todos los jóvenes conscriptos sin preparación, con una ración que de milagro contenía mucho más que un pan, mientras ellos solamente pensaban en salvarse. Además, el frío se convertía en un enemigo peor que los británicos o que nuestros propios comandantes.

La noche del 2 de junio, me tocó hacer guardia mientras otros compañeros dormían en los pozos hechos en la tierra -algunos de ellos estaban llenos de agua-. Ni una sola luz había en la zona. En ese instante, escuché el ruido del paso del tren con una bocina que sonaba acompañando el movimiento. Pero ¿cómo era posible que pase el ferrocarril en medio de un desierto así? Mi cabeza estaba aturdida y veía en un instante pasar las caras de esos jóvenes por la barrera de Raspanti. En medio de todos ellos estaba yo, arriba del vagón, sonriéndole a la vieja.

No me quedó otra más que tener valor. Más valor incluso que para estar en combate viendo compañeros muertos, aguantando los estruendos de las bombas que caían de los Harrier, o el sufrimiento de los pibes que estaban estacados contra la tierra castigados por los oficiales por robar algo de comida. ¡Nos cagábamos de hambre! Pero a estos tipos no les importaba nada.

Pasaron los días y las noches entre las balas de los británicos, el vuelo raso de sus aviones, las ofensivas nuestras que ya no surgían efecto, los pozos que a veces nos mantenían un rato más con vida, el tren en medio de la oscuridad las veces de mi guardia, los recuerdos del abrazo con papá y mamá aquel 27 de abril, y el último beso con Cecilia antes de partir.

La mañana del 14 de junio, lo que quedó del Comando 602 que había volado a las islas unas semanas atrás, tenía la orden de volver a continente. La guerra había finalizado. La posibilidad de volver a casa estaba cada vez más cerca. La imposibilidad de pensar que la vida sería la misma se aferraba a cada segundo que un recuerdo entraba por mis ojos. Tan solo unos cuantos días habían bastado para creer que más de un par de años había estado en el suelo de Malvinas.

Bajé en Campo de Mayo el 16 del mes corriente. Nadie estaba esperando. Mi bolso mantenía las fotos y el escudo de River. Mi cuerpo ya no soportaba más peso. Sin embargo, cuando descendí quedé a la deriva. Un “vuelvan a sus casas como puedan, pibes”, se escuchó, y cada uno a lo suyo, sin antes soltar una amenaza al grito de “nada de lo que pasó en combate se cuenta”. Caminé un par de cuadras para tomar el 182. Me senté en el fondo con la cabeza agacha, sintiendo el dolor de la derrota y la tristeza de la soledad.

45 minutos viajé hasta casa. Caminé desde la estación a paso lento. Recorrí de nuevo el barrio, pero ya nada era igual. Toqué el timbre. Esperé unos segundos. La vieja abrió la puerta y volvió a repetir ese inagotable abrazo materno que me hizo sentir que recuperaban a un hijo que ya había fallecido. Las lágrimas cayeron una y otra vez mientras llamó gritando a papá. Me abrazaron los dos. El viejo me chocó el puño. Yo seguí en silencio.

Esa misma noche me acosté a dormir por primera vez en más de un mes en una cama. La cabeza daba vueltas sin frenar. La vieja preguntaba constantemente si necesitaba algo. No quería moverse de al lado mío. Cerré los ojos agarrado su mano, como un niño cuando siente miedo y cree que hay monstruos en su pieza. La bocina del tren, el ruido de su movimiento en las vías, la barrera, los ojos de esos pibes viajando por última vez: esa escena se convirtió hace 36 años y para siempre, en la pesadilla que me acompaña todas las noches cuando cierro los ojos pensando que quizás no vuelva a ver otro amanecer.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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