La plaza del amor

Era la mañana del miércoles cuando el rumor comenzó a crecer cerca nuestro. Se decía que el general estaba en la Ciudad, y que una gran cantidad de personas trabajadoras y humildes habían estado yendo a la plaza desde la madruga para verlo. Yo estaba junto con Marcos y Lautaro trabajando como todos los días en la Industria Textil de Barracas desde las nueve de la mañana. Estábamos impacientes por salir directo a donde nos dijeran, y si nadie decía nada, ya nos apuntábamos a ir solos.

Mi madre me recogió el cabello ese caluroso día miércoles que azotaba a Quilmes. Me lo había juntado para que no sufriera tanto el calor, ya que emprenderíamos un largo viaje a pie hasta la Capital para juntarnos y esperar a que aparezca el querido hombre que nos comenzaba a explicar que podíamos vivir de otra manera. Yo me había puesto lo mejor que tenía que era a su vez lo poco que había en mi placar. Me preparaba con gran entusiasmo.

Eran las doce del mediodía cuando Marcos nos llamó a Lautaro y a mí para irnos directo hacia la plaza principal. No llevábamos más que nuestros uniformes todos llenos de sudor por el trabajo duro que nos tocaba realizar. El techo de la fábrica no era el más apto para escapar de las altas temperaturas que empezaba a tener octubre. Sin embargo, nada nos iba a detener y empezamos a caminar desde Barracas hasta el centro de la Ciudad.

Junto a mi madre y mis cuatro hermanas más chicas, comenzamos el largo viaje a pie ya que los pocos vecinos del barrio que tenían como transportarse habían ocupado todos los lugares. De todas formas, eso no fue un impedimento para nuestra decisión de partir hacia la plaza. Si el general había entregado parte de si por nosotras, correspondía que nuestros cuerpos hagan el esfuerzo de acompañarlo en la injusta decisión de encierro que le habían otorgado.

Recorrimos un tramo del trayecto caminando hasta que nos colgamos de una vieja camioneta que iba hacia el mismo objetivo que nosotros. Los tres nos reíamos de la travesía de ir volando al costado de esa chata. Fueron 20 minutos de viaje hasta llegar a 9 de Julio y Corrientes. Ahí nos bajó el buen hombre que repartía leche con toda su vejez a cuesta.

Empezamos una larga procesión junto a todas las mujeres de la familia. Los pies ya estaban preparados de tanto pisar el barro de nuestro Quilmes querido. Eran más de 15 kilómetros. Por suerte, un colectivo lleno de gente se apiadó de nosotras y paró para llevarnos. Alrededor de una hora estuvimos en aquel viejo bondi blanco que avanzaba a paso de hombre por el peso que llevaba.

Marcos y Lautaro no querían perder ni un segundo. Nos metimos de lleno en la plaza donde una multitud estaba agrupada. Eran cientos de almas que se desconocían pero que comprendían lo que buscaban: al general. Ya estábamos allí, cumpliendo lo que nos habíamos prometido.

Cuando llegamos a la plaza, mis tres hermanas más chicas tenían mucho calor. Habíamos transpirado como nunca antes arriba de ese viejo colectivo. Realmente ese miércoles el sol se portaba como un enemigo. Ingresamos por uno de los costados y allí nomas vimos una fuente y no dudamos en ir a refrescarnos.

Después de estar un rato parados bajo un pequeño techo, decidimos movernos en busca de algo que nos permita sacarnos el calor de la fábrica. Nos metimos en forma recta al histórico edificio de la junta directo hacia la Casa de Gobierno. No bastó más para ver esa bendita fuente que no solamente arrojaba agua: allí estaba ella, hermosa, con su ropaje un tanto roto y con tres niñas más que jugaban quitándose el calor.

Fue en aquel instante donde un muchacho apareció junto a sus dos compañeros. Estaban vestidos de la misma forma. Sin embargo él era distinto: un morocho corpulento, con sus ojos marrones y una buena estatura. Sus manos estaban manchadas y el sudor le recorría la cara. Tenía la mirada firme que aparentaba más de sus 25 años.

Enceguecido por su belleza, no tuve más remedio que ir a hablarle. Ella era una muchacha humilde, de Quilmes al igual que yo. Trabajadora, lo daba todo por mantener a su familia. Me había enamorado en la primera vista. Su lealtad y las convicciones que demostraba su presencia esa tarde en la plaza, cerraban de forma perfecta su personalidad.

Aquel día de sol sentí que él sería mi compañero de batallas para siempre. Nos quedamos toda la tarde juntos mientras sus amigos hacían divertir a mis hermanas. Esperamos con ansiedad hasta que cayó la tarde. Cerca de las once de la noche, el General apareció por el balcón y nos pidió que volviéramos a nuestros hogares con tranquilidad. Regresamos juntos y me acompañó hasta mi casa. Sin embargo, esa no sería la última vez que iríamos los dos, codo a codo, a la plaza del amor y de la lucha.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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