La muerte pactada

Nick tomó un trago sentado en la barra tratando de relajar el momento de tensión. Su mirada relojeaba y su cabeza no paraba de pensar. Sin dudas quería irse del pueblo. Además, no podía dejar de pensar en Ole Anderson ni por un instante. ¿Sabia que iba a morir y no trataría ni siquiera de escapar? ¿Por qué lo estaban buscando? Pensaba una y otra vez las posibilidades pero nada lo terminaba por convencer.

Apenas se acabó la bebida, Nick se levantó, saludó a George y salió rápido del restaurante. Caminó las diez cuadras que lo separaban de su pequeña habitación a toda prisa. Entró, encendió la luz, revolvió hasta encontrar la maleta, y empezó a tomar todas sus cosas. Una chaqueta, tres remeras, un par de medias, y una foto de su querida madre era todo lo que tenía. También lo empacó a gran velocidad. Quería partir esa misma noche. Necesitaba estar en otro lugar para no volver a pensar en Ole Anderson.

Emprendió el camino hacia la terminal de ombnibus. Eran veinte cuadras. Viente interminables cuadras. Cargadas de deseo y tentación por saber que sería de la vida de aquel ex boxeador. Tan solo tenía que desviarse cuatro cuadras para volver al departamento de Ole ¿cuánto tiempo podría quitarle? Apenas unos minutos, pensó.

Dobló a la izquierda en la siguiente esquina tomando la calle lateral e hizo las cuadras hasta llegar a la puerta de la pensión. Golpeó con fuerza. La señora Bell lo atendió.

-¿Vienes a visitar nuevamente a Ole Anderson? No se movió del cuarto, pero lo han venido a visitar hace unos minutos, dijo la mujer.

Asustado, perplejo por la posibilidad que ya lo hayan asesinado, Nick tardó unos segundos en responder.

-Si, si, vengo a verlo. ¿Puedo pasar?, preguntó.

-Si, pasa, pasa, ya sabes donde queda, contestó Bell.

Nick caminó todo el pasillo con las piernas temblorosas. A esta altura ni siquiera sabía porque se seguía involucrando en una historia que no era suya. Paso a paso, llegó sin hacer demasiado escándalo hasta la puerta de la habitación. En ese mismo instante, notó que estaba levemente abierta. Su cabeza ya no toleraba tantos nervios. Llamó a Ole Anderson tres veces sin levantar demasiado el tono de voz. -Permiso-, dijo para no dejar de ser respetuoso. Ingresó y fue directo hasta el cuarto. Los ojos le daban vuelta, el susto de aquella imagen no lo dejaba pensar. Un charco de sangre rodeaba la cabeza del sujeto que se encontraba tirado en el piso. El ex boxeador ya estaba muerto.

Salió a toda prisa del cuarto y corrió hacia la terminal. Esta vez ni siquiera había saludado a la señora Bell. Tampoco le dejó aviso de lo que había ocurrido. Tan pronto como llegó el primer micro, se subió y largó un profundo respiro. Pensó varias veces si los hombres todavía estaban allí, si lo habían visto entrar, si lo consideraban un testigo más porque los conoció en el bar. Lo cierto es que Ole Anderson estaba muerto. Desde ese entonces, Nick solo pensó en salvar su vida y no ser el próximo en la lista de los asesinos del restaurante.

 

*Final propio agregado al cuento “Los asesinos”, de Ernest Hemingway.

Cuentos

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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