El 15

Carlitos estaba en la parada del colectivo después de salir de esa mala experiencia con sus viejos compañeros de facultad. La sangre le hervía en el cuerpo y no podía entender como decían tantas boludeces. Realmente no podía creer que esas tres personas que ahora había visto, en algún momento habían sido compañeros de lucha –algo a lo que nunca se podría renunciar, pensaba él-.

Subió al 15 y emprendió viaje a zona sur. Siempre cargado y con un recorrido interminable, tuvo la suerte de encontrar un asiento en el fondo. Cuando se sentó, miró al muchacho que tenía al lado suyo. La cara le era muy familiar pero no sabía de donde lo conocía.

Tenía el pelo largo, y salvo la excepción de la barba, todo le hacia recordar a un compañero de los ’70. Uno de aquellos que estuvo en el campo de batalla, salvándose de los milicos y de no ser chupado, pero peleando firme por las convicciones. Seguía sin saber quien era, pero la edad de la cara de ese joven no podía cerrarle en su ecuación.

Más de 40 cuadras después su cabeza logró recordarlo. Era igual a Martín, uno de los compañeros que conoció a través de una amiga de la facultad. Pero la edad seguía sin darle ¿Sería un hermano, primo, o no tendría nada que ver con él?, pensó Carlitos, hasta que se animó a hablarle.

-Disculpa, no creo conocerte a vos, pero por casualidad ¿tenes un hermano que se llama Martín?, le dijo.

Asombrado, Franco, el joven que ya estaba en el 15 antes de esa intromisión por parte del extraño, le respondió: -tenía. O tengo, no lo sé ¿por qué me preguntas?-.

-¿Cómo no sabes?-, dijo carlitos sorprendido.

-Si, no tengo idea, pero eso no importa-, contestó Franco.

-¿Cómo no va a importar? Sino sabes es porque lo tenés pero no sabes donde está. Y a todos nos importaría saber donde está nuestro hermano-, afirmó carlitos.

-Si, tampoco me voy a meter en eso. Ni siquiera sé quien sos y porque estoy hablando de esto con vos, pero en algún lado quizás está-, dijo Franco un poco molesto.

-Disculpa que te esté jodiendo, pero sos muy parecido a un ex compañero de militancia, un hermano de lucha. Sino fuese porque no tenes barba, serías igual a Martín, pero nunca más volví a verlo, ni tampoco sé nada de él hace 15 años. Quizás sos familiar y podes comentarme algo-, explicó carlitos, mientras el colectivo seguía su curso hacia el sur del conurbano.

-Mira, mi hermano está desaparecido. Lo chuparon los milicos. No sé nada de él, tampoco mi familia. Pero nadie habla mucho del tema. La verdad no se que pasó. Quizás lo tiraron desde la Esma en un avión o anda a saber-, contestó rápido el joven de pelo largo.

-Sos igual a él. Tantos años sin saber nada y la casualidad nos encuentra en el 15. No lo puedo creer. Pero no podes quedarte con esa actitud. A tu hermano lo desaparecieron esos hijos de puta. Vos y tu familia se merecen saber que pasó, quien lo hizo, donde está. Alguien tiene que pagar por todo esto-, le dijo carlitos, tratando de reactivarle el sentimiento por su hermano.

-Nadie quiere hablar del tema, no se menciona. Es un dolor grande lo que pasó con él. Y desde que soy chico siempre fueron para adelante con el “no te metas”, y me cagaron a pedos cada vez que hice algo distinto a lo que querían. Ni siquiera sé a esta altura que carajo es la patria que tanto hablan y vos querés que haga algo cuando ni te conozco-, le recriminó Franco, con un tono a la vez que excusaba su quietud.

-No tenes idea quien soy, es verdad. Pero yo combatí con tu hermano por un país mejor, por un lugar más justo para vos también. El dio la vida por sus pensamientos, por una causa colectiva. Todos los pibes de esa generación dimos lo máximo de nosotros por generar un mundo mejor. Y nos mataron por ser peronistas, por decir la verdad. A tu hermano lo desaparecieron por tener unos huevos tremendos para no quedarse ante el miedo que querían imponer. Esa es la misma sangre que tenes vos. No podes quedarte sentado viajando en el 15 como si nada hubiese pasado-, le dijo carlitos mientras le recorría una lagrima en sus ojos, recordando la última imagen que le había quedado de Martín.

-Me bajo en dos paradas. Tenes que pelear por saber la verdad de tu hermano. Te dejo el número de mi casa. Me llamo Carlos Badalucco. Llamame para juntarnos a hablar mejor. Yo te voy a acompañar en todo esto. Conocí a tu hermano y sé todo lo que fue como persona. No podes quedarte dormido como toda esta sociedad de mierda-, dijo carlitos mientras se levantaba y tocaba el timbre.

Franco se quedó pensando unos segundos mientras reconstruía todo lo que estaba viviendo. -En estos días te llamo-, le dijo agarrando el papel con el número.

Carlitos bajó del colectivo mientras Franco siguió viaje. Solo le quedaban tres paradas más. Ni siquiera vivían lejos ¿Por qué no iba a intentarlo? ¿No merecía realmente saber de su hermano? Su cabeza le dio vueltas. Pensó tanto hasta que empezó a decidir que lo mejor sería en algún momento llamarlo.

 

*Final propio agregado al cuento “Digamos boludeces”, del filósofo argentino José Pablo Feinmann.

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Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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