Sócrates en la calle Florida

-No somos felices sino durante el gajo de un instante, la ramita desamparada de un instante. Uno es feliz, por ejemplo, cuando bebe un poco de agua- dijo un hombre que se llamaba Guillermo Meneses acodado en la barra de un bar de mala muerte. A su alrededor, tres muchachos más terminaban de componer el estereotipo de lugar de melancolía de un pasado que ya no es presente.
El sonido de la aguja del reloj de madera que marca las dos de la madrugada suena tan fuerte en el silencio de los hombres, que rompe el bajo sonido de un tango que aflora aún más el trabajo de la memoria. Guillermo levanta el vaso con suavidad y toma despacio, degustando un vino de poca calidad -y exquisito para este momento de su vida- para quien había probado las mejores bodegas del país.
-Ésta es la felicidad que te decía- me comenta mientras toma otro sorbo.

Con su barba desprolija y con algún resto de comida deja ver que para él su figura ya no es importante. Como un filósofo de la antigua Grecia, sus labios lanzaban frases que sucumbían los pensamientos de aquel que le pasara cerca: “la paciencia aligera lo que la pena no cura”, susurró. Lo había acompañado todo el día y aun así no dejaba de sorprenderme. No era como aquellos personajes de ficción que la televisión siempre nos muestra (niños consumidos por las drogas robando alguna cartera para seguir comprando, o el famoso religioso de Plaza Misserere). Apenas tuve el encuentro quise saber que significaba para él la calle, por lo cual fue la primera pregunta que le realicé:

– La calle es el lugar más libre que uno puede encontrar. Cuando te sentís asfixiado ¿a dónde vas a tomar aire? Acá es el último refugio que queda ante la opresión del sistema, que igual así te sigue apretando porque te discrimina si estás en este lugar- me contestó, dando por entendida la propia ironía de su vida.

– Y por qué crees que quieren oprimirnos? – le pregunté.

Con una sonrisa pícara, llena de viveza, sin vacilar un segundo, me dijo: – Porque no quieren mentes libres. No les sirve que pensemos-.

Entre una ideología hippie de los años 60 o un anarquismo de los que están en peligro de extinción, Guillermo camina lentamente con sus zapatillas negras y destrozadas por las calles transitadas del microcentro, adueñándose de la mirada segregadora de los señores de traje que apurados van hacia sus trabajos, hacia el lugar que Sócrates -como lo conoces algunos compañeros de vida y de refugio- tuvo por herencia y el aprendizaje que de chico aprendía de su padre, según recuerda:

– Él si era todo un caballero, con su empresa, su reloj caro y por supuesto, con los trabajadores mal pagos- lanzó, dando pistas de una infancia de lujos que lo saturó.

Después de haber ingresado en las carreras de administración de empresas -por pedido de su padre-, y filosofía -por su propio amor a la sabiduría y al pensar-, Guillermo decidió que su vida estaba entre los excluidos del capitalismo. Sin embargo, el aprendizaje académico y el tiempo que duró al frente de los negocios de su padre, le habían dado una característica especial a este personaje que se movía por la Capital Federal, en calle Florida, charlando de sus pensadores favoritos (entre ellos, Marx) con los pocos que elegían detenerse por un instante y escucharlo, o por alguna casualidad del momento.

-Estaba cansado de ser quien mande, organice y se lleve la plata el fin de semana, mientras los que trabajan poniendo el cuerpo no llegaban a cubrir sus gastos a fin de mes. Pero Juan Antonio (su padre) era quien ponía el monto del sueldo. Esa es la explotación de este sistema. Se aprovecha y oprime, pero yo no quería ser uno más-, analizó y miró fijo al suelo por unos instantes.

– ¿Y por qué decidiste que la calle podía ser tu lugar, renunciando a todo lo que siempre habías tenido? ¿Qué te llevó a tomar esa decisión? – pregunté asombrado de la valentía o del desquicio de aquella decisión que le cambiaría su vida para siempre.

En ese instante noté por primera vez una duda en él o aunque sea había logrado que piense por más de dos segundos una respuesta a mis preguntas. Tocó su barba con la mano izquierda mientras la derecha rascaba su pelo largo y pajoso, miró al cielo una y otra vez, miró su ropa sucia y desarrapada, y me contestó:

– Aún sigo tratando de darle explicación a esa pregunta, no porque esté arrepentido de lo que elegí, sino porque a pesar de todo sigo estando dentro del sistema, aunque algunos preferirían reciclarme”.

– Sin embargo un por qué te empujó a esto-, insistí.

– Creo que lo que sufrido en los 90, ver la cantidad de despidos causados por el neo-liberalismo, me llevaron a pensar que yo debía estar también en ese lugar con ellos, y no atrás de la computadora de papá, explotando más gente-, analizó, vagando entre la culpa de una herencia familiar y la inocencia de no tener poder para cambiar el destino que le había tocado vivir en ese preciso instante.

Con la joroba que de a poco se le empezaba a notar, sus pasos lentos, y en medio de una conversación -siempre de política- repleta de los consejos de un viejo sabio, caminamos bajo la caída del sol que dejaba abierta la puerta al frío. Lo había visto parar a charlar con militantes de la izquierda troskista en una manifestación frente al Congreso de la Nación, comer lo que le había preparado una señora que lo conocía hace muchos años, y recibir el saludo de varias personas cuando pasaba cerca del Palacio del poder legislativo.

– A veces Marta (la señora que le cocinaba algún día de la semana) me deja pasar a bañarme. Soy un hombre top de la calle-, me comentó mientras se reía. Y a pesar del chiste, como si ello fuese un retrato de su forma de ser, Sócrates no era un tipo más en la calle: un personaje extrovertido como él, había conseguido llevar otra clase de vida entre los excluidos, aprovechando el fruto de esa característica personal. Haciendo política, con su elocuencia como primera arma, disfrutaba de la elección que hace 20 años había tomado.

Cuando la noche ya era plena protagonista de la ciudad, cansados de tanto andar, fuimos con Guillermo a tomar un trago para terminar el recorrido que habíamos dado durante todo el día. Sócrates podía dejar a quien lo acompañe en una situación de turista en el lugar donde uno puede creer que lo conoce por completo. En aquel bar -que él eligió- con aroma a melancolía, me dijo:

– Mañana voy a levantarme en un nuevo día que va a ser distinto al de ayer. Algo va a tener diferente y en un instante de seguro voy a ser feliz-.

Durmiendo en Paseo Colón, haciendo suya la calle Florida, Guillermo Meneses es un actor que desnuda la particularidad de la historia del país y el estrago de los años 90. Allá, en lo ancho de la avenida, va la vida de un hombre que quiere escapar de la opresión del sistema, ser libre, y por un instante, ser feliz.

 

Crónicas

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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