Miércoles de nostalgia

Uno, dos, tres, cuatro (un poco más rápido el conteo), cinco, seis, siete (con más rapidez), ocho, nueve, diez… cincuenta. Dar vuelta la cabeza y a buscar. Destapar. Volver a mirar. Como un detective tratando de encontrar. Detrás de los arbustos, a la vuelta de la esquina, en algún hueco que sirva la calle para no estar a la vista de los demás. Hallar. Empezar a correr para ganar. “Pica Juan”. “Piedra libre para mí y para todos mis compañeros”. El salvador. El amado y el odiado. Volver a contar.

Las tardes de asfalto caliente, de armado de canchas –con la brea como separación-, y unos partidos que hace mucho ya no se juegan más. El tenis: la pelota que viene y que va. La red que no está. Las peleas de altura. Los piques en el cordón o en las piedras que complican un poco el jugar. Las pelotas escondidas y a volverse detective una vez más.

El rayón entre líneas negras. De un lado y del otro. Pintura anaranjada sacada de las piedras que se encuentran por ahí nomas. Uno, dos, tres, cuatro pies para acá. Uno, dos, tres, cuatro pies para allá. Lo mismo se repite a cuatro panes de distancia. Pan y queso. Otra vez, unos para acá y otros para allá. El azar primero, la estrategia después. Quien gana para empezar, quien es más inteligente para seleccionar.

La pelota empieza a rodar. No hay nervios ni ansiedad, solamente las ganas de jugar. Las gambetas de un lado para el otro. Las faltas sin intención que terminan con una rodilla que sangra y que dejará una marca para no olvidar. “Auto”: el grito que vale como el minuto para volverse a ordenar. Los goles que no fueron. Los que se discutieron: la pelota arriba de la línea entrando en diagonal (¡porque no hay un palo para rechazar!). Los que si entraron. Los festejos desmedidos. Las cargadas que ponen el final porque el dueño de la pelota se va.

El fulbito. Los diez centavos. El picnic que ya está a tres pesos. Los maní con chocolate. La corrida desesperada de felicidad cuando tocaba que haya una moneda para golosinas. Los metros hasta la esquina: el kiosco de moni (o de la ñata). Rincón de recuerdos que no se borran. La persiana subiendo despacio. Agacharse para pasar. La china y el reto: “si se cae la persiana que hacemos. Hay que tener cuidado”. La Pibes o la Paco. El regalo que una y otra vez valía repetirse. La chevy azul que ya no está.

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Una vez más el fulbito y el pelotazo contra el portón. Inquebrantable resistencia a tantos gritos de gol. Los tiros libres: uno atrás del otro. Pararse como Ronaldhino o roly Zárate para pegarle al balón (sin puntos de comparación). Volar lo máximo posible. Soñar que se podía realizar. Una atajada extraordinaria que volviese al reloj atemporal. Un estruendo temible como oír el bramido de gol en el mismísimo Monumental cuando estallaba la redonda con fuerza contra la madera del garaje.

La garganta roja y el corazón también. En el pecho cruzada la banda. La afonía después de tantos partidos que la memoria ya no tiene más lugar para almacenar. Los gritos al loro, los festejos de la derrota del rival, y las vueltas olímpicas que no paraban de llegar. Los primeros pasos: recuerdo de sillones pisados, almohadas mojadas de lágrimas que dolieron, corridas alrededor del pasto con festejos de nunca acabar. Los quiebres de cintura de un chango que uno buscaba imitar. Los inicios de un amor sin final.

La calle y el peronismo: una unidad que nunca debe terminar. Tener poco y que no alcance. Las corridas al revés: del kiosco a la casa. La vieja a las apuradas al ver la camioneta. Por favor que no nos corten la luz. El gas ya no está, y con garrafas hay que calentar el agua para poderse bañar. El pan con manteca, el café con leche, irse a la cama para poder soñar. El sacrificio individual que no alcanza para nada si el Estado no te da una mano para que puedas mejorar.

Los fatídicos noventa de la pizza y el champagne. El nuevo siglo que no invita a que uno se pueda esperanzar. La recuperación económica: el sacrificio individual apoyado en un Estado presente para poder ayudar. Majula llegando, las llaves sonando en la cintura del abuelo, y el peronismo que nos vino a acompañar. La pizza para todos y la muzza grande a tres pesos. Ahora sí volvamos a soñar que todo va a mejorar.

Recuerdos de una niñez llena de imaginación. El porvenir, la calle que sigue igual. La regresión. Destapar. Volver a mirar. Volver a sentir. El nacimiento de los sueños. Los que ya no están. Los que quedamos y los cumplimos. Los que vendrán. Los que nunca serán. Los que siempre podrán volver a ser. Lo que nos recordará que siempre seremos niños aunque no lo podamos ver.   

Lo que amo siempre es imborrable

Juan Manuel Senese View All →

Periodista Deportivo. Profesorado en Comunicación Social (FPyCS. UNLP). Peronista

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